Majo to Youhei Volumen 5 capítulo 1
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Witch and the Mercenary volumen 5 capítulo 1 en español
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Engranajes Girando
“No puedo hacerlo. Es demasiado peligroso.”
Zig negó con la cabeza. El trabajo sonaba sencillo cuando lo escuchó por primera vez, pero fracasar tendría un costo muy alto. Su cuerpo de dos metros de altura se asemejaba a un árbol plantado en el suelo, con la cabeza moviéndose lentamente como ramas meciéndose con el viento.
Una persona común dudaría antes de decirle algo a un hombre de semejante tamaño. Sin embargo, como señaló su cliente, él ya había aceptado el trabajo.
“Vamos, no seas así. No puedes simplemente negarte a hacer un trabajo que ya aceptaste. Me aseguraré de que tus condiciones de trabajo sean razonables.”
Y tenía razón.
Los mercenarios no eran quisquillosos. Tenían que asegurarse de que el trabajo encajara en su horario y de que la paga estuviera acorde con el nivel de peligro, pero eso era todo. No podían cancelar un trabajo una vez que lo habían aceptado.
“Pero este tipo de trabajo peligroso es...”
“¿Demasiado para ti? Eso no me lo creo. Ya te di los detalles desde el principio. Quizá entendiste mal algunos de los términos, pero aun así lo aceptaste sin pedir aclaraciones.”
“Yo... no puedo discutir eso.”
Sabía que no había forma de salir de aquello desde el momento en que dijo que sí.
El cliente sonrió, dejando de presionar al ahora silencioso Zig. Fue hasta su carreta y le entregó la carga.
“Cuídela bien, señor mercenario. Espero una entrega segura.”
“Está bien.”
Zig lamentó su decisión. Lo habían engañado, pero, para empezar, la culpa era suya.
El mundo tenía un final cruel reservado para quienes descuidaban hacer su tarea. Quería darse una patada por haber aceptado el trabajo tan a la ligera, justo cuando las cosas habían estado saliendo tan bien últimamente. El peligro siempre estaba al acecho una vez que uno se confiaba. Era el error más común entre los nuevos reclutas.
✦✦✦
La luz del sol delineaba los contornos de los edificios y recorría los callejones. El aire estaba cubierto de neblina, dando la impresión de que todo el lugar era un pueblo fantasma. La ilusión finalmente se rompió cuando los adormilados ciudadanos abrieron sus viejas puertas de madera para comenzar el día.
El ser humano era una criatura que descansaba cuando el sol se ocultaba y comenzaba su día al amanecer. No había forma de ir contra ese instinto ni siquiera con los avances mágicos de la iluminación nocturna. Aquella mañana era un día cualquiera para la gente de Halian, ajena a las cosas que se agitaban entre las sombras.
Zig Crane era un hombre que se ganaba la vida con esas cosas que se agitaban entre las sombras. Permanecía en silencio, luciendo más concentrado de lo habitual mientras salía a hacer su carrera matutina.
Llevaba una cota de malla sobre su gruesa ropa. Había elegido usar una coraza para que sus extremidades pudieran moverse con mayor facilidad, permitiéndole sacar el máximo provecho de su arma. Sin embargo, a Zig le faltaba su arma característica, aunque estuviera equipado para ser enviado a una misión en cualquier momento. En su lugar, cargaba una lata de hojalata del tamaño de un niño. Su contenido se agitaba en el interior, algo que no podía permitirse derramar. Si lo hacía, habría víctimas.
Zig permaneció en silencio, mirando con cautela la lata sobre su espalda como si estuviera cargando una bomba y ajustando sus pasos para no perturbarla. No iba despacio, pero tampoco sacudía la lata. El contrato sería considerado un fracaso si no llegaba a su destino a tiempo.
Tenía que ser cuidadoso, pero rápido. Zig frunció el rostro ante la contradictoria situación en la que se encontraba. El sudor de su frente no era producto de la carrera.
“Casi llego.”
Por suerte, seguía siendo capaz de rendir al nivel esperado gracias a sus largos años de duro entrenamiento. Zig tenía la vista puesta en una iglesia a lo lejos, un punto de referencia. Sabía que iba a buen ritmo gracias a la familiaridad que tenía con el terreno por sus carreras matutinas. De hecho, iba más rápido de lo habitual.
Sus pasos eran ligeros a pesar de las nada insignificantes heridas que había recibido en el trabajo del otro día. Zig siguió adelante, diciéndose que ya solo le faltaba un poco más.
“¡Muchísimas gracias! ¡De verdad se lo agradezco!”
El tendero recibió a Zig con un tono alegre y lo hizo pasar al interior. Había estado esperando toda la mañana a que su repartidor llegara al frente de la tienda.
“Lo logré, sí.”
Zig dejó escapar un gran suspiro mientras bajaba la lata al suelo. No recordaba la última vez que había terminado tan mentalmente agotado.
El tendero examinó el contenido y abrió los ojos con sorpresa.
“Vaya, ¿cómo cargó esta cosa? Como pedí un envío urgente, estaba preparado para que se hubiera derramado un poco de leche.”
Leche. Ése era el líquido que Zig había estado transportando. Leche de vaca, para ser precisos.
La leche era una bebida nutritiva por sí sola, pero también podía procesarse para convertirla en otros productos lácteos o usarse como ingrediente. Un recurso importante, cada región tenía su propia versión de ella; algunas incluso usaban leche de cabra. Verdaderamente era un alimento importante que había acompañado a la humanidad desde el principio de los tiempos.
Y apestaba increíblemente si se derramaba.
La desventaja de tener un alto valor nutritivo era que se echaba a perder con facilidad, y ni los detergentes más fuertes podían quitar el hedor incluso después de varios lavados. Transportarla en una lata con un sellado poco fiable y luego correr para entregarla era un trabajo increíblemente peligroso.
“Esta es la última vez que hago esto.”
Por muy acostumbrado que Zig estuviera al olor de la sangre y las vísceras, la leche era donde trazaba la línea.
Había estado buscando un peso para reemplazar su espada gemela rota cuando alguien le dijo que tenía justo lo que necesitaba y que requería que se lo entregaran. En ese momento, Zig se consideró afortunado. Le pagarían (aunque no fuera mucho) y además podría mantener su rutina de entrenamiento. Había sido la oportunidad perfecta para matar dos pájaros de un tiro.
Zig regresó a su posada, ya sin la carga sobre los hombros, mientras el tendero iba a la cocina a preparar sus productos.
Algunas personas ya estaban despiertas mientras él hacía el recorrido de regreso. Los restaurantes barrían la entrada de sus locales mientras las prostitutas caminaban por las calles, reprimiendo sus bostezos tras una dura noche de trabajo.
Zig destacaba un poco entre la multitud; su intimidante figura llamaba la atención. Eso era lo habitual.
“Hmph.”
Sin embargo, Zig percibió una mirada que no era normal. Era como si alguien lo estuviera observando detenidamente. Siguió esa mirada y se encontró con los ojos de un anciano que caminaba por la zona residencial. No había nada inusual en él y carecía de cualquier rasgo distintivo. Aun así, una persona normal no le devolvería la mirada a Zig, y ese anciano mantuvo los ojos fijos en él sin parpadear. Un escalofrío le recorrió la espalda al ver a un ciudadano aparentemente común haciendo algo tan fuera de lo común.
Cuando el anciano notó que Zig se había dado cuenta de sus acciones, se dio la vuelta y se marchó.
“¿Qué fue todo eso...?”
Zig ya había pasado por muchas cosas esa mañana, pero eso no le daba una excusa para descuidar su rutina. Practicó con una espada larga mientras su espada gemela seguía rota. Evidentemente, no había empezado usando una espada gemela; esa arma no estaba pensada para soldados de infantería, ya que había sido diseñada principalmente para usarse a caballo.
Que las armas se perdieran o rompieran en el campo de batalla era algo cotidiano. Por eso un soldado necesitaba llevar varias armas básicas consigo. Espadas largas, lanzas y bastones largos eran buenas opciones. Sin embargo, ninguna se adaptaba mejor a un recluta que la espada larga.
Sostuvo la espada larga sobre su espalda. Mantuvo la mano derecha relajada sobre la empuñadura para manipular la hoja mientras sujetaba el pomo con la izquierda.
“Piensa en el principio y el final cuando blandas una espada.”
Esos eran los fundamentos de la esgrima que su instructor le había inculcado. Aquella experiencia había quedado grabada tan profundamente en sus huesos que jamás la olvidaría.
Realizó un corte diagonal con la espada, produciendo un agudo silbido al atravesar el aire. Zig sintió alivio al comprobar que no había perdido su destreza con la espada larga y pasó al siguiente movimiento.
Repasó uno por uno todos los movimientos básicos, asegurándose de prestar especial atención a sus piernas. La transferencia de peso entre un arma larga y pesada como una espada gemela y una espada larga era muy distinta. Estaba un poco oxidado y le costó completar los ejercicios. Como resultado, su sesión de entrenamiento terminó más tarde de lo habitual.
“Uff.”
Cuando terminó, estaba empapado en sudor. Un baño frío enfriaría su cuerpo ardiente, pero ahora mismo no tenía tiempo para disfrutar de eso. Terminó de asearse rápidamente y regresó a su habitación.
Llamó a la puerta de la habitación contigua y la abrió una vez comprobó que no iba a recibir respuesta. La habitación se sentía estrecha a pesar de tener el mismo tamaño que la suya. Los montones de grimorios e ítems mágicos eran los culpables. Sin embargo, una presencia invisible eclipsaba a ambos. Era una presencia que no era del todo humana, sino algo que estaba en un nivel completamente distinto.
Una figura de lustroso cabello negro yacía despatarrada sobre la cama, vistiendo un fino negligé que dejaba al descubierto una suave piel blanca tan cautivadora que volvería loco a cualquier hombre. Un dulce aroma femenino, comparable al de un perfume, le hacía cosquillas en la nariz. Sus grandes pechos con forma de cúpula subían y bajaban con cada respiración.
Zig disipó el encanto de la bruja, que seguía siendo igual de poderosa incluso después de todo ese tiempo, y la sacudió de los hombros.
“Siasha.”
Ella soltó un pequeño gemido. “Huh...”
Sus pestañas temblaron mientras luchaba por abrir los ojos. Ahora se veían tan inocentes, en comparación con la inteligencia que solían reflejar, que él se sintió culpable con solo mirarla. Sus profundos ojos azul azafiro fueron enfocándose lentamente cuando reparó en Zig. Una sonrisa boba apareció en sus labios.
“Zig... Buenos días.”
“Buenos días. Lo siento, pero vamos tarde. Será mejor que nos demos prisa.”
“'Kay.”
Él regresó a su habitación una vez se aseguró de que ella estuviera completamente despierta. Seguir viéndola en ese estado era peligroso.
Una Siasha ya totalmente despierta apareció en el momento en que él estaba en su habitación preparándose.
“¡Vamos, Zig! ¡Nos espera un nuevo día!”
El sonido de los aventureros gritando mientras se disputaban los encargos podía oírse desde fuera del gremio. Zig se volvió hacia Siasha, sintiéndose nostálgico por ese ambiente; últimamente había estado ocupado con otros trabajos.
Al notar su expresión, Siasha acarició despreocupadamente el brazo de Zig y entrecerró los ojos como un gato.
“Hoy vas a pasar el día conmigo.”
“Privilegios del cliente.”
Siasha sonrió, satisfecha con su respuesta. Abrió la puerta; su cautivador cabello negro se balanceó alegremente mientras entraba sin el menor temor. Las comisuras de los labios de Zig se elevaron ligeramente al verla actuar como una aventurera hecha y derecha, pero no dijo nada más.
Llevaba colgada de la cintura la gruesa espada larga que había usado para su entrenamiento matutino, ya que seguía sin su espada gemela. La armería se la había prestado porque fabricar una nueva arma llevaba tiempo.
“El costo del préstamo está cubierto con tu compra, pero tendrás que pagar un extra si la rompes.”
Gantt tenía una sonrisa maliciosa en su rostro barbudo cuando le entregó la espada.
Zig sintió que le palpitaba una vena en la sien ante la insinuación de que la espada prestada ya estaba prácticamente rota. Aun así, se conocía lo bastante bien como para no poder prometer que el arma volvería de una sola pieza. Sin embargo, se sintió reconfortado cuando Maya le dio un coscorrón a Gantt por detrás de la cabeza mientras este seguía sonriendo.
La versátil espada larga había sido fabricada a regañadientes cuando el dueño de la tienda le pidió a Gantt que ayudara a cubrir la demanda. Era resistente y fiable, aunque no tenía ninguna característica especial. Una muestra de la habilidad de Gantt, el agarre y el equilibrio de aquella sencilla espada larga eran excepcionales. La calidad general del arma era impresionante. Tendría una enorme demanda si estuviera hecha para adaptarse a las necesidades del comprador... Pero eso formaba parte de las capacidades de Gantt.
Los aventureros elegían y preparaban sus contratos mientras él seguía a Siasha hacia el interior del gremio.
“Iré a buscar un encargo para nosotros.”
“Gracias.”
Se sentó después de verla marcharse. Fue entonces cuando dos aventureros se acercaron a él como si hubieran estado esperando ese momento.
“¿Otra vez?”, murmuró Zig.
Parecía que cada vez que entraba al gremio alguien más intentaba hablar con él. Le sorprendió quiénes eran, pero no el hecho de que estuvieran intentando abordarlo. Había notado sus miradas desde el momento en que entró.
Elsia y Bates se fulminaban con la mirada. Ambos intentaban hacer que el otro retrocediera.
“Escucha, Venda en los Ojos. Yo llegué primero”, dijo el aventurero de Wadatsumi entrecerrando los ojos.
Tenía un rostro duro y un cuerpo todavía más duro. Un aventurero promedio se habría echado atrás sin decir una palabra ante sus años de experiencia. Si la situación se complicaba, él podía hacer que retrocedieran.
“¿Estás ciego, calvo? Yo llegué antes que tú”, se burló la aventurera de Tercera Clase de ojos vendados, cuyas túnicas se ajustaban a su voluptuoso cuerpo. Era Elsia Armet.
Las venas se marcaron en la cabeza de Bates. “¡No soy calvo, me afeito la cabeza, falsa monja!”
“¿Quién ha dicho algo de ser monja? ¡Los dioses pueden irse a la mierda por mí, me da igual!”
Y así continuó el intercambio. Los aventureros de los alrededores se apartaron apresuradamente, sin querer quedar atrapados en el fuego cruzado de aquellos aventureros de élite.
Zig suspiró al ver las tonterías con las que tenía que lidiar tan temprano por la mañana. “¿Qué quieren ustedes?”
Incluso con la venda en los ojos, podía decir que aquel duelo de miradas no iba a ninguna parte. Zig metió la mano en el bolsillo, sacó una moneda de adamantino índigo y la lanzó al aire. El sonido metálico rompió la tensión entre ambos, obligándolos a dirigir su atención a la moneda mientras volaba por el aire y aterrizaba en la palma de Zig.
Zig miró a ambos con la moneda en la mano.
“Digan.”
El lanzamiento de la moneda había salido de la nada. Ambos respondieron.
“Cara.”
“Cruz.”
Zig abrió la mano para revelar...
“La suerte está de mi lado, me toca ir primero.” Elsia celebró su victoria.
Bates chasqueó la lengua. “Tch...”
Ella se enderezó y miró a Zig a los ojos, igual que había estado mirando a Bates momentos antes.
“Gracias por lo del otro día. Mis compañeros de equipo están ahora en el hospital.”
No lo estaba acusando directamente de nada, pero era evidente que estaba hablando del enfrentamiento que habían tenido no hacía mucho. Al menos se estaba conteniendo.
Sin embargo, Zig no pareció darle importancia a sus insinuaciones.
“De nada. A mí también me costó dormir.”
“¿Estás diciendo que estamos en el mismo barco?” Elsia apretó los dientes al verlo restarle importancia a sus amigos heridos.
“'Los muertos no cuentan historias' es un dicho con el que estoy de acuerdo.”
Llegados a ese punto, no tuvo más remedio que callarse. Elsia comprendió que el sarcasmo no la llevaría a ninguna parte con ese hombre.
“He investigado el incidente. De verdad solo eras un mercenario contratado como guardaespaldas.”
“Es una conclusión razonable. Todo se habría resuelto mucho más rápido si hubieras llegado a ella antes.”
Las cejas de Elsia se crisparon ante la provocación. “No lo negaré. Al final ustedes tenían razón.”
No estaba enfadada con Zig. Sus amigos no habrían resultado heridos si ella hubiera sido más cuidadosa. Estaba furiosa por lo mal que había manejado la situación.
El gremio había trabajado para sacar la verdad a la luz cuando intervino entre las dos mafias. Quince aventureros participaron a lo largo del incidente. Nueve fueron capturados o enterrados durante el transcurso del conflicto.
Los seis restantes no aparecían por ninguna parte. No dejaron cadáveres, pertenencias, ni siquiera sangre, aparte de la que el gremio ya había confiscado. Si habían escapado por miedo a la ira del gremio, tampoco dejaron rastro alguno. Era dudoso que pudieran sobrevivir por sí solos, ya que no eran lo bastante listos para ello. Lo más probable era que alguien los hubiera eliminado antes de que el gremio pudiera capturarlos.
Sin embargo, incluso esa teoría tenía sus problemas.
Eran peones de la mafia, atraídos por las drogas. No había ninguna razón para hacerlos desaparecer, ya que no poseían información de valor. La mafia tampoco tenía obligación alguna de ayudarlos a escapar. Simplemente no había un motivo.
En ese momento, a Elsia ya no le importaba lo que el gremio oyera. Que aventureros de bajo nivel se vieran involucrados con las drogas no merecía su tiempo. Le preocupaba mucho más el hombre sentado frente a ella.
Elsia echó un vistazo despreocupado a su alrededor. Todos los observaban con fascinación, pero eran lo bastante discretos como para no escuchar su conversación. Sentían curiosidad por Elsia, no rechazo.
“No le dijiste a nadie lo de mis ojos, ¿verdad?”
Los Ojos de Dragón eran una habilidad extraña capaz de leer la mente de las personas. Podían ver el futuro, ver a través de las personas, verlo todo. De ahí el nombre. A la gente le resultaría difícil estar cerca de alguien sabiendo que podía leer sus pensamientos. Todo el mundo tenía secretos, y sentir rechazo hacia los Ojos de Dragón era una reacción natural.
Si Zig le había contado a alguien sobre sus Ojos de Dragón... quizá ella tendría que abandonar la ciudad. El país.
“Tú tampoco le hablaste a nadie de mí, ¿verdad? Ambos conocemos las armas secretas del otro... Supongo que de eso querías hablar.”
“Yo tampoco prefiero cruzar esa línea, pero parece que tú y yo podemos llegar a un acuerdo.”
Sus drogas eran ilegales, pero podía negarlo todo mientras ella no tuviera pruebas. La sustancia que había usado eran pequeñas píldoras. No llamaban tanto la atención como las líquidas y podían ocultarse con facilidad.
Zig soltó una risa al ver la mirada desconfiada que Elsia le dirigía. No había malicia en ella; simplemente estaba contento por la inesperada ganancia.
“Bueno... El otro día me diste ese palo tuyo. Lo vendí por un muy buen precio. El karma me castigaría si pidiera algo más.”
Zig sonreía de oreja a oreja, muy satisfecho consigo mismo.
¡Yo no te di mi arma, tú me la quitaste! Elsia empezó a sudar de los nervios antes de poder replicarle.
“E-Espera... ¿Dónde vendiste mi arma?”
“Casa de empeños.”
“¡¿En cuál?!”
“La más grande. En el extremo sur del centro. Me dieron dos millones por ella cuando les mostré los certificados de un herrero.”
“D-dos millo...”
La cabeza de Elsia daba vueltas al escuchar la cantidad de dinero que él mencionó. Solo fabricar esa cosa costaba cinco veces esa cantidad. ¡Tengo que recuperarla antes de que la vendan!
“¡Acabo de recordar que tengo algo que hacer! ¡Pero nuestro trato sigue en pie! ¡Nos vemos! ¡Recordaré esto!”
Se levantó y salió corriendo, con sus túnicas ondeando detrás de ella. Bates se frotó la cabeza rapada, desconcertado y confundido.
“¿Qué demonios le pasó...? ¿Pasó algo entre tú y esa falsa sacerdotisa, Zig?”
“Hmm...”
Zig pensó en qué debía decir, llevándose una mano al mentón. En realidad, no había mucho que pudiera decir, teniendo en cuenta la naturaleza confidencial de su encargo y el trato que iba a hacer con Elsia.
Pero por ahora... “Digamos que tuvimos un encuentro desafortunado.”
Los ojos de Bates se abrieron de par en par y estalló en carcajadas. Zig se rio junto con él.
“Ah, sií... Ya veo. ¿Lo mismo que pasó con nosotros, eh?”
Zig solo sonrió en silencio mientras Bates hacía una mueca al recordarlo.
Uno de los miembros de Wadatsumi había sido atacado con un arma extraña, un arma extraña que se parecía sospechosamente a la propia espada gemela de Zig. Aquello terminó provocando un malentendido con resultados desastrosos.
Bates suspiró y le lanzó una mirada de reproche. “Sabes, en parte es culpa tuya por dar pie a tantos malentendidos.”
“No diré que soy completamente inocente”, respondió Zig. “Me metí en un trabajo en el que no debería haberme metido. Pero siempre es otra persona la que lanza el primer golpe. El nivel de sed de sangre que tienen ustedes...”
No podía negar la idea de ir activamente tras personas sospechosas, sobre todo en los tiempos que corrían. Sin embargo, para él, si terminabas herido por culpa de tus dedos demasiado nerviosos, la responsabilidad era completamente tuya.
Zig se encogió de hombros con exasperación. Bates decidió dejar el asunto ahí.
Siasha regresó después de aceptar un encargo. Inclinó la cabeza al ver que Zig y Bates no parecían precisamente animados. Arrastró una silla hasta colocarse al lado de Zig y se sentó, luego le entregó los documentos del encargo. Zig siguió apoyando la cabeza sobre la mano y, después de leerlos, dirigió la mirada hacia Bates.
“¿Y por qué estás aquí hoy?”
“Sií, sobre eso...” Bates hizo una pausa y luego señaló los documentos del encargo con una sonrisa. “Déjame adivinar qué pone en esos papeles: una solicitud para exterminar Perros Mono.”
“Oh.”
Tal como había dicho Bates, el encargo era exterminar Perros Mono. Antes de que Zig pudiera preguntarle cómo lo sabía, él continuó explicándolo con aire satisfecho.
“Es muy simple. Me di cuenta por los encargos que ella ha estado aceptando de que prioriza la calificación por encima de la paga. Por lo que he visto, exterminar Perros Mono es la mejor forma de subir la calificación para un aventurero de Séptima Clase. Eso es todo.”
“Vaya, de verdad eres un veterano.”
Bates sacó pecho ante el cumplido de Siasha. “¡Por supuesto!”
Ser capaz de deducir qué encargo aceptaría entre tantísimos otros era realmente impresionante. Era una prueba de sus conocimientos y de sus años de experiencia. Él era de Tercera Clase, pero cuidaba de los aventureros más jóvenes de su propio clan, así que probablemente ellos le habían contado los detalles.
Mientras Zig seguía impresionado, Bates se inclinó hacia delante y dio unos golpecitos a los documentos del encargo.
“Así que la cosa es esta. Nuestros novatos también van a ir a una misión para exterminar Perros Mono... No les molestaría echarnos una mano, ¿verdad?”
“Tendrás que preguntárselo a Siasha. Por cierto, ¿qué clase de monstruosidad es un Perro Mono?”
“Permíteme explicarlo.” Siasha intervino con el conocimiento enciclopédico que había adquirido tras días de leer libros. “El Perro Mono es una monstruosidad con el cuerpo de un mono y la cabeza de un perro. Tiene aproximadamente el tamaño de un hombre adulto, pero su postura inclinada hacia delante hace que parezca tener más peso y volumen. Individualmente no es muy fuerte, pues posee una fuerza promedio y es incapaz de usar magia. Su verdadero peligro reside en su tendencia a formar manadas.”
Zig escuchó en silencio y asintió.
Siempre había peligro en los números, pero eso no era algo raro entre las monstruosidades. Aunque pequeños, los Lobos Marsupiales contra los que habían luchado antes hacían exactamente lo mismo.
Siasha notó la expresión de desconcierto de Zig.
“Por supuesto, no forman manadas normales. Esta monstruosidad puede formar manadas con otras monstruosidades.”
“¿Con otras monstruosidades?”, repitió él.
“Las monstruosidades normalmente permanecen con las de su propia especie. Hay algunos casos raros de reproducción entre distintas especies, pero eso es todo. Sin embargo, estos Perros Mono son algo inteligentes. No sé cómo lo hacen, pero son capaces de comunicarse con otras monstruosidades. Se alían con monstruosidades más fuertes para protegerse mientras cazan presas. Tienen manos ágiles y un excelente sentido del olfato, lo que los hace sobresalir en la caza.”
Simbiosis, aunque una bastante extraña.
Ahora entendía por qué los Perros Mono eran tan peligrosos. Su nivel de amenaza no podía determinarse, ya que dependía de las criaturas con las que aparecieran. A los aventureros, que siempre procuraban prepararse para un tipo específico de enemigo, no les gustaría enfrentarse a ellos. No era de extrañar que otorgaran un enorme aumento en la calificación.
“Los materiales de los Perros Mono también son famosos por ser inútiles. Su piel se descompone rápidamente después de morir, su carne apesta y sus garras y colmillos no son particularmente afilados en comparación con los de otras monstruosidades, entre otras cosas. No sirven para ganar dinero.”
“El gremio les otorga una gran cantidad de puntos de calificación porque no podemos permitir que su población crezca sin control”, dijo Bates. “Además, este año tienen una manada particularmente grande en comparación con otros años.”
Con tantos aventureros jóvenes en Wadatsumi, no podían dejar sin controlar un comodín como los Perros Mono. Sin embargo, Zig y Siasha tampoco podían seguir trabajando con ellos todo el tiempo. Últimamente habían estado descuidando sus otros encargos.
Zig se detuvo. Algo no estaba bien. “¿Hm...?”
“¿Zig?”, preguntó Siasha mientras lo miraba. Sus ojos azul profundo y su lustroso cabello negro hicieron que Zig volviera en sí.
“¿Un enemigo?”, preguntó Bates de inmediato, poniéndose en guardia al ver que Zig había notado que algo iba mal.
“No es nada”, dijo Zig. “Probablemente solo fueron imaginaciones mías.”
“Si tú lo dices.”
Zig miró discretamente a su alrededor. El personal del gremio iba de un lado a otro, trabajando como de costumbre. No había nada fuera de lo normal. Simplemente había sido un paranoico.
“Hoy estoy con Siasha. No puedo cubrirte.”
“¡Ja, ja, ja!”, se rió Bates. “No te estoy pidiendo tanto. Solo necesito un poco de cooperación. Solo quiero saber cuáles serán sus posiciones para que podamos estar atentos los unos a los otros. Así también evitaremos estorbarnos. Y, si las cosas se ponen feas, quizá podamos echarnos una mano. Solo necesito tu palabra.”
“¿Mi palabra?”
A Zig, que era un obsesivo de los contratos, aquello no le agradó. Especialmente cuando Siasha y Bates intercambiaron sonrisas irónicas.
Zig frunció el ceño al ver sus sonrisas. “¿Qué les pasa a ustedes dos?”
“No, no es nada.”
“Sip, nada.”
Bates se enderezó y se aclaró la garganta antes de seguir explicándose. “No te estoy obligando a hacer nada. No me quejaré si nos abandonas, y lo mismo vale para nosotros. Aunque sí me hará replantearme nuestra relación.”
“Entonces, ¿qué sentido tiene?”
Bates pareció sorprendido de que Zig siguiera desconfiando de toda aquella conversación tan vaga. Se veía algo infantil por lo torpe que era para entender cómo funcionaba la sociedad.
“La palabra de un hombre no es algo que deba tomarse a la ligera, ¿sabes?”
¿Debía ayudarlos o no? La balanza podía inclinarse en cualquier momento. Incluso Bates había pasado por ese momento más de una vez.
Por eso...
“Una regla de hierro entre los aventureros es cubrir todas tus opciones. Aunque la verdad es que casi nadie la sigue.” Con eso, Bates se marchó. “Enviaré a alguien con ustedes para mantenernos en contacto.”
“Maldito. Aún no he aceptado nada.”
La palabra de uno no era algo que necesitara un acuerdo formal, pero a Zig no le hizo ninguna gracia la forma en que Bates simplemente dio por terminada la conversación. Siasha solo sonrió; no tenía ninguna queja. Si su clienta estaba de acuerdo, Zig supuso que él también podía estarlo.
“Ja, ja.” Siasha tiró del brazo del abatido Zig. “Vamos, Zig. Estoy segura de que hoy será un día emocionante.”
“Sií... Tienes razón.”
Zig sujetó la espada que llevaba a la cintura mientras Siasha lo sacaba de la silla a rastras.
