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Majo to Youhei Volumen 4 capítulo 4

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 Witch and the Mercenary volumen 4 capítulo 4 en español


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Witch and the Mercenary volumen 4

Tal para Cual


Al escondite de Aggretia lo envolvían las chispas del combate. Apenas empezaba a oscurecer, y los miembros de Bazarta y Aggretia se atacaban mutuamente con feroces gritos de guerra mientras la sangre corría libremente por ambos bandos. Isana se encontraba en la primera línea del conflicto.

“¡Haah!”

Su katana, envuelta en relámpagos verdes, derribó una lluvia de flechas reforzadas con magia y chocó contra una espada curva que se abrió paso entre ellas. Giró ligeramente la muñeca para desviar la espada y lanzó un tajo contra su oponente.

“¡¿Qué demonios está pasando aquí?!”, exclamó Makar mientras esquivaba apresuradamente el corte punzante.

“¡Jefe, ¿quiere dejar de hablar y seguir dando tajos?!”

“¡Lo haría si tú fueras de alguna utilidad, Jaikov!”

“¡No te desquites conmigo!”

A pesar de sus discusiones, la coordinación entre Makar con su espada curva y Jaikov con su arco largo era impecable. Juntos impedían que Isana pasara a la ofensiva.

Curiosamente, el brazo de Makar —el que Zig le había cortado— estaba nuevamente donde debería estar y funcionaba con total normalidad.

Podría vencerlos si fuera uno contra uno, pensó Isana.

Desviando hacia un lado los violentos ataques de Makar con su katana, Isana le clavó el pomo en el estómago. Aprovechando que se estremeció por el golpe, lanzó un tajo invertido. Makar reaccionó demasiado tarde y recibió un corte que iba desde el abdomen hasta el pecho, haciendo brotar un chorro de sangre. Justo cuando Isana iba a rematarlo, Jaikov la obligó a retroceder con una lluvia de flechas. Mientras tanto, la herida de Makar ya estaba cerrándose.

Esa capacidad de curación es exagerada. ¿Eso es lo que puede hacer esa droga? Con razón tanto el gremio como la mafia están tan alterados por ella.

Makar se recuperaba de todos sus intentos por desgastarlo. La velocidad y la fuerza de su oponente eran impresionantes, pero era evidente que su técnica estaba muy por debajo de la de ella. Sin embargo, la droga compensaba con creces esa debilidad. Además, Jaikov cubría cualquier abertura que ella lograra crear, haciendo muy difícil acabar con él de un solo golpe.

No me gusta, pero solo tengo que mantenerlos ocupados. Ya aparecerá una oportunidad.

Por suerte, esos dos eran los más fuertes del grupo. Había otro combatiente competente, pero Shuoh se estaba encargando de él. El resto no eran más que pandilleros dopados con distintos niveles de habilidad. Ninguno podía competir con las técnicas especializadas de los Jinsu-Yah. Los mafiosos de Bazarta también mantenían ocupado al resto de la gentuza, creando el espacio necesario para que los Jinsu-Yah fueran eliminando a los miembros de Aggretia uno por uno. La incapacidad de los Aggretia para apoyarse en sus mejores combatientes terminó sellando su destino incluso frente a los Bazarta sin potenciar.

“¡Maldición, esto no puede estar pasando! ¡Nunca recibimos información sobre estos tipos!”

Con la derrota acechándolos, algunos de los miembros intentaron escapar. Sin embargo, una mujer les bloqueaba el paso. Uno de los Aggretia entró en pánico y se lanzó espada en mano contra la intrusa.

“¡¿A dónde crees que vas?! ¡La diversión apenas está empezando!”

Ella desvió la espada con su daga azul celeste y, acto seguido, lanzó una patada alta. Aunque no fuera especialmente fuerte, una bota impactando de lleno en la cabeza con ese impulso bastaba para hacer girar a cualquiera.

Cuando el hombre cayó de rodillas, ella le dio una patada para apartarlo y acabó con el resto de sus secuaces.

“¡Van a tener que esforzarse mucho más que eso para vencerme!”

Katia y sus hombres bloquearon la vía de escape de los Aggretia. Los gritos de pánico resonaban mientras sus filas eran reducidas poco a poco.

“¡¿Cuándo carajo van a llegar esos imbéciles de Rolyde?!”

“¡No lo sé! ¡Les dijimos a esos aventureros que les enviaran el mensaje! ¡¿Por qué todavía no están aquí?!”

✦✦✦

Mientras tanto, el caos se apoderaba de la Asociación Comercial Rolyde.

Habían hecho bien en descubrir que Siasha y Lindia las estaban vigilando, pero su error fue subestimar a aquellas dos mujeres con equipo ligero. Los hombres que estaban afuera ahora yacían inconscientes, enterrados en el suelo con solo la cabeza sobresaliendo. Como los miembros de Rolyde habían atacado primero, Siasha y Lindia consideraron que tenían todo el derecho de seguir defendiéndose y cargaron hacia el interior.

“¡¿Por qué esta asociación comercial está escondiendo tantas armas?!” Preguntó Lindia, sorprendida.

Un hombre con los ojos inyectados en sangre se lanzó contra ella con una espada mientras gritaba: “¡Muere!”

Ella desvió su ataque y golpeó el costado de su rostro con el escudo. Se estaba conteniendo para no matarlo, pero el golpe debería haber bastado para dejarlo fuera de combate. Sin embargo, él siguió atacándola incluso con los dientes rotos.

“Whoa, ¿por qué estos tipos son tan duros?”

A su lado, un hombre fue levantado por un brazo de tierra y arrojado contra los estantes de productos de la asociación.

“Siento que ya he visto gente como ellos antes.” Siasha inclinó la cabeza mientras observaba cómo el brazo roto del hombre sanaba como si el tiempo retrocediera. “¿Es algo común?”

“¡No! Esa clase de recuperación... No es una poción mágica cualquiera. ¡Sabía que esta compañía era sospechosa!”

Lindia bloqueó el arma de su oponente con la espada y lo lanzó hacia atrás con un hechizo de viento dirigido al estómago.

“Entonces, pintémoslos de rojo”, dijo Siasha.

“¡Hey, espera, no puedes hacer eso!”

El caos continuó hasta que la policía militar oyó el alboroto y llevó a todos para interrogarlos.

✦✦✦

El número de miembros de Aggretia seguía disminuyendo. Era solo cuestión de tiempo para que Bazarta obtuviera la ventaja. Los oponentes de Isana lo sabían y, en consecuencia, el pánico empezaba a apoderarse de ellos. La victoria estaba al alcance de la mano. Isana solo tenía que esperar.

“¡Mierda, mierda, mierda!”

Makar canalizó su rabia en su espada curva y lanzó tajos salvajes contra su objetivo. A pesar de toda la energía que estaba gastando, sus ataques no parecían estar logrando nada.

¡Primero ese tipo de ayer y ahora esta perra! ¡¿Qué demonios pasa con esta ciudad?!

A pesar de sus maldiciones, tanto las que soltaba en voz alta como las que guardaba para sí mismo, su oponente no mostró ninguna reacción. Incluso sus cuchillas de viento apenas lograban rozar el borde de su haori*. Su fuerza, velocidad y técnica eran completamente insuficientes frente a ella. Makar estaba perdido. El efecto eufórico de la droga comenzaba a desaparecer, reemplazado por una frustración cada vez mayor.

“Esto está mal”, murmuró Jaikov mientras la mujer desviaba otro triple ataque.

Makar era fuerte. Incluso sin drogas podía enfrentarse de igual a igual con los caballeros del reino o luchar contra uno de sus capitanes. De alguna manera, esa mujer de cabello blanco estaba jugando con él y derrotando a sus aliados potenciados sin siquiera sudar. Sus movimientos no se parecían en nada a los de una mafiosa. Nunca antes se habían enfrentado a alguien como ella.

La subestimamos por ser una Jinsu-Yah. Me sorprende que la mafia establecida siquiera haya pedido su ayuda, pero supongo que Vanno El Venenoso es aún más astuto de lo que pensábamos.

De hecho, Jaikov podía ver a Vanno observando la batalla con una sonrisa fina y viscosa mientras el derramamiento de sangre aumentaba. Jaikov apretó los dientes y comenzó a pensar en una ruta de escape mientras veía caer a sus hombres uno tras otro.

“¡Jefe, tenemos que salir de aquí!”

“¡Tch!”

“¡Como si fuera a dejar que me humillaran de esta manera!”, era lo que Makar quería decir, pero lo poco de cordura que le quedaba reprimió sus impulsos violentos.

Frunció el ceño, con los ojos inyectados en sangre fijos en Isana. Agarró a un subordinado que tenía cerca y lo lanzó contra ella para cubrir su retirada. Mientras tanto, Jaikov disparó una flecha mientras retrocedía.

Isana respiró profundamente y envainó su espada a pesar de los proyectiles que se acercaban hacia ella, tanto orgánicos como los demás.

Aquí está. La victoria.

Potenció su cuerpo mientras calculaba la distancia que la separaba de sus enemigos en retirada. En un abrir y cerrar de ojos, el maná que había reunido explotó, haciendo que su cabello se elevara y que sus ojos verdes comenzaran a brillar.

En un instante, caería un rayo.

Con el cuerpo tensado hasta su límite, Isana se impulsó como una flecha directamente hacia Makar. Se movió tan rápido que nadie la vio venir.

“¡Jefe!” Gritó Jaikov, intentando advertir a Makar sobre el rayo que estaba a punto de caer sobre él.

Con un tajo tan rápido que resultó invisible, Isana cortó la flecha que Jaikov le había disparado y siguió avanzando sin perder velocidad.

Ya era demasiado tarde... aunque la situación hubiera sido distinta, tampoco le habría servido de nada.

“¡¿Qué?!”, exclamó Makar sin aliento.

La espada de Isana no emitió sonido alguno al cortar el aire. Makar levantó su espada curva para defenderse, pero la katana envuelta en relámpagos verdes la atravesó como si fuera mantequilla.

Makar vio cómo sus brazos salían volando por los aires sin ofrecer la menor resistencia. El tajo había sido tan rápido que la sangre solo brotó tras un breve instante de retraso. Un miedo impotente cruzó por sus ojos, un terror que ni siquiera la droga más potente podía reprimir.

Isana alzó su katana sobre su cabeza con la elegancia de una grulla desplegando las alas. Lanzó un breve grito al descargar la espada, partiendo la cabeza de Makar y atravesando su torso sin encontrar oposición.

Era una técnica que combinaba la velocidad de la hoja con un desenvainado electromagnético. Mientras la katana envuelta en relámpagos verdes trazaba tres arcos en el aire, la escena resultó tan hermosa que ambos bandos dejaron de luchar por un instante y la contemplaron conteniendo el aliento.

Cuando Isana se detuvo y sacudió la sangre de su hoja, el cadáver de Makar se partió en dos y se desplomó. Su sangre salpicó inútilmente mientras sus entrañas se desparramaban por el suelo.

Su forma de morir fue espantosa, pero él ya no volvería a sentir miedo.

Jaikov volvió en sí con un jadeo cuando el cuerpo de Makar golpeó el suelo. Sacó apresuradamente un ítem mágico de su bolsillo y lo arrojó al piso. La esfera impactó con un sonido sordo y liberó una espesa nube de humo negro que lo envolvió.

“¡Una bomba de humo! ¡Hey, hagan correr viento por aquí!”

Sin embargo, el humo solo cubría un área reducida, y una simple ráfaga de viento bastó para despejarlo. Pero Jaikov solo necesitaba un instante de distracción.

Cuando el humo desapareció, lo único que quedaba de él era su arco largo.



“Supongo que todo salió bien”, dijo Katia mientras examinaba cautelosamente los alrededores.

La batalla se había inclinado por completo a su favor. Atrapados entre la espada y la pared, los miembros de Aggretia ya no tenían salida. Mientras tanto, la élite de Bazarta, junto con sus aliados de los Jinsu-Yah, mantenían la línea y hacían retroceder al enemigo. La fuerza aumentada y la regeneración de los Aggretia eran problemáticas, pero por mucho que desafiaran toda lógica, seguían siendo humanos. Su fuerza y resistencia no podían compararse con las de una monstruosidad poderosa. Los humanos que habían abandonado la razón no eran realmente más fuertes que monstruosidades de bajo nivel. Solo Makar y Jaikov habían logrado conservar la cordura, y ambos ya eran fuertes desde el principio.

“Una herramienta debe ser algo que tú uses, no algo que te use a ti. Eres como un niño emocionado por jugar con un juguete peligroso.”

Creo que ahora entiendo lo que quiso decir, pensó Katia. Zig no intentaba provocar a Makar; simplemente estaba diciendo la verdad.

Con la derrota de Makar y la huida de su lugarteniente, la batalla estaba prácticamente ganada. Se secó el sudor de la frente y se permitió relajarse.

“Espera, la última vez que bajé la guardia casi me hacen pedazos. No volveré a cometer ese error.”

Se enderezó, recordando su último enfrentamiento con los mafiosos potenciados y la humillación que sufrió a manos de ellos. Esa cautela le salvó la vida: de pronto, distinguió una anomalía por el rabillo del ojo.

“¡¿Huh?!”

Su cuerpo reaccionó en cuanto la vio. Dio un paso atrás justo a tiempo para que una daga cortara el aire frente a su rostro, pasando a apenas unos centímetros de su cara. La hoja recubierta de negro falló su objetivo y terminó clavándose en el guardaespaldas de Katia.

“¡Gah!”, aulló él de dolor mientras se sujetaba el brazo.

¿El brazo...? La daga no iba dirigida a su cuello. No pretendía matarla.

“¡Señorita, retroceda!”

Más de sus hombres se adelantaron para protegerla mientras ella observaba aquella extraña anomalía. Probablemente era magia, pero aquella neblina negra tenía una forma vagamente humanoide. Fuera lo que fuera, siguió avanzando sin inmutarse ante sus guardaespaldas. Se acercaba rápidamente.

“¡Tú...! ¡Guh!”

“¡Gaah!”

La neblina negra esquivó los ataques de sus hombres y respondió con los suyos. Uno tras otro, sus guardaespaldas fueron cayendo al suelo con heridas sangrientas, mientras la neblina pasaba por encima de sus cuerpos. Poco a poco, siguió avanzando hacia Katia.

“¡Rah!”

Al decidir que ya no tenía tiempo para huir, Katia desenvainó su daga y lanzó un tajo contra la neblina, solo para descubrir que esta bloqueó su arma y la hizo retroceder.

“¡Khh!”

Mientras forcejeaba, la extraña niebla comenzó a disiparse. El adamantino índigo de su daga debía de haber dispersado su magia en cuanto hizo contacto.

“Alguien está desesperada... ¡pero yo también lo estoy!”

“¡Tú!”

Jaikov, a quien ella creía que había escapado, estaba justo frente a ella, con su sonrisa sádica a apenas unos centímetros de su rostro.



¡Maldición! ¡El jefe murió! ¡¿Qué demonios se supone que les diga a los de arriba?!

Antes, tras la muerte de Makar y antes de atacar a Katia, Jaikov se había ocultado entre la multitud de combatientes. Aprovechando el caos, se transformó en una tenue neblina mediante magia de engaño. Lo notarían si chocaban directamente con él, pero nadie sería capaz de detectarlo en medio de una batalla. Aun así, sabía que todavía no estaba a salvo.

Fallamos la misión de reconocimiento y no logramos establecer una base de operaciones, incluso con dos altos mandos al frente. Si vuelvo ahora, mi puesto será el menor de mis problemas. Puede que hasta me ejecuten.

Eso era lo último que quería.

Algo... tenía que haber algo que pudiera hacer. Algo que compensara por completo su fracaso.

Mientras examinaba los alrededores, la mirada de Jaikov se detuvo sobre Katia.

La encontré.

Aparte de Vanno, ella era quien estaba liderando la ofensiva. Un objetivo de alto valor, pero que en ese momento apenas estaba protegida. Era fuerte para ser una mafiosa, pero no podía compararse con Jaikov.

Jaikov sonrió al ver aquella oportunidad de oro. Su suerte aún no se había acabado.

Presentarla como un trofeo quizá no borraría su historial, pero al menos le daría otra oportunidad para compensar su fracaso. Como mínimo, sería una valiosa moneda de cambio.

Es la única forma de que me permitan seguir en la organización.

Jamás había considerado simplemente huir, pues sabía perfectamente lo que le ocurriría si lo hacía. Aggretia no era benévola con los traidores. Lo encontrarían sin importar adónde escapara y le harían pagar caro su traición.

Jaikov esperó una oportunidad y lanzó su daga mientras se abalanzaba sobre Katia. La hoja, recubierta de un veneno paralizante, iba dirigida a su brazo.

Sin embargo, sus instintos resultaron ser sorprendentemente agudos y consiguió esquivarla.

Él cambió de planes. No podía limitarse a atraparla. Primero tendría que apartar a todos los que se interpusieran en su camino y luego sacarla de allí.

Los guardaespaldas de Bazarta advirtieron lo que intentaba hacer, pero reaccionaron demasiado tarde. Esquivando sus torpes intentos por detenerlo, les cortó las piernas. No tenía tiempo para rematarlos. Solo necesitaba impedir que se movieran.

Saltó por encima de sus cuerpos y extendió la mano hacia Katia.

“¡Rah!”

Su presa contraatacó. El tajo fue sorprendentemente preciso, pero no dejaba de ser solo eso. Lo bloqueó y la empujó hacia atrás.

¿Oh? Por alguna razón, su magia de engaño se desactivó. Miró a su oponente con extrañeza y entonces reparó en el tono azulado de la hoja.

Una daga de adamantino índigo. Vaya lujo. Aunque dársela a una niñita era un desperdicio de una arma tan buena.

Katia apretó los dientes mientras resistía la presión de Jaikov.

“Alguien está desesperada... ¡pero yo también lo estoy!”

“¡Tú!”



En cuanto vio el rostro de Jaikov, Katia comprendió cuál era su objetivo. En realidad, su daga no había fallado. Aquel ataque había estado diseñado para ralentizarla.

“¡Ni lo sueñes!”, espetó.

Las desventajas que sufriría la organización si ella era capturada eran impensables. Ojalá fuera alguien prescindible, pero las cosas que su padre haría por recuperarla, incluso a costa de los Bazarta... No quería convertirse en una carga. Jaikov había derrotado a sus aliados, pero si conseguía resistir un poco más, llegarían más refuerzos.

Por desgracia, la determinación por sí sola no bastaba para alcanzar sus objetivos.

Jaikov desvió su daga. “¡Deja de forcejear!”

Incapaz de mantener el equilibrio después de haber puesto todo el peso de su cuerpo en intentar contenerlo, el impacto hizo que ambos brazos salieran despedidos hacia arriba.

“¡¿Wah?! ¡Urgh!”

Con el torso completamente expuesto, Jaikov le dio una patada. Katia salió rodando hacia atrás; el dolor fue tan intenso que sintió que estaba a punto de vomitar.

“Urk...”

Aun así, volvió a ponerse de pie a la fuerza y reprimió las náuseas que ascendían por su garganta. Sentía el estómago revuelto; una sola patada había bastado para que todo su cuerpo gritara de dolor. Pero no podía permitirse ser capturada. Levantó su daga con manos temblorosas.

“Ah...”

Sin embargo, otra daga ya descendía frente a sus ojos.

“Lo siento, pero vas a tener que perder un brazo si sigues resistiéndote.”

Katia no necesitaba estar de una pieza para seguir siendo una buena moneda de cambio. Los labios de Jaikov se torcieron en una sonrisa repugnante mientras su daga apuntaba al hombro izquierdo de la joven. Katia no podía defenderse, pero se negó a retroceder y mantuvo la mirada fija en Jaikov y en la hoja que se acercaba.

Fue entonces cuando la situación dio un vuelco por completo.

“Qué curioso. Justo estaba pensando lo mismo”, dijo una voz detrás de Jaikov.

Antes de que la daga pudiera alcanzarla, Zig sujetó el brazo de Jaikov. La punta de la hoja recubierta de negro llegó a rozar el hombro de Katia, pero no avanzó ni un centímetro más. La enorme mano de Zig se cerró con fuerza sobre el brazo de Jaikov, aplastando su carne e inmovilizándolo por completo.

Witch and Mercenary Volumen 4

Entonces, Zig empujó su brazo en la dirección contraria.

“¿Huh? ¡Gaaaaaaaaaah!”

El brazo sobrepasó su límite natural y se dobló más allá de todo rango posible de movimiento. Evidentemente, un brazo humano no debía adoptar ese ángulo. El sonido de huesos crujiendo y rompiéndose —de carne y tendones desgarrándose— llenó el aire. Un instante después, los espeluznantes gritos de Jaikov se sumaron al espectáculo.

Sus alaridos fueron tan fuertes que llamaron la atención de todos. Todos dejaron de luchar y quedaron paralizados por la sorpresa. ¿Jaikov, a quien creían que había escapado, estaba aquí? No. ¿Era porque habían atacado otra vez a una persona importante? Tampoco.

“¡Mi brazo! ¡Mi braaaaaaaazo!”

Zig tiró con fuerza del brazo retorcido de Jaikov. Este se desprendió de la articulación del hombro como si estuviera arrancando un trapo escurrido, dejando al descubierto los delgados ligamentos que lo mantenían unido. No brotó demasiada sangre, quizá porque los vasos sanguíneos también se habían retorcido. Era como un niño arrancándole las patas a un insecto.

Aun así, el muñón salpicó de sangre la mejilla de Zig. Todos contemplaban la escena conteniendo el aliento, igual que habían hecho con la técnica especial de Isana, aunque esta vez por una razón completamente distinta.

Los gritos de Jaikov eran lo único que rompía el silencio.

“Estás haciendo demasiado ruido.”

Zig hizo una mueca por lo cerca que tenía aquel escándalo y blandió el brazo derecho de Jaikov como si fuera un juguete nuevo. El brazo trazó un arco de sangre antes de estrellarse contra la cabeza del hombre que se retorcía de dolor. Mientras intentaba desesperadamente presionar la herida, Jaikov perdió el conocimiento en un charco de su propia sangre.



El cuerpo de Katia perdió toda la fuerza al ver que el peligro había pasado. Cayó de rodillas y comenzó a jadear, mientras el sudor resbalaba por su mejilla.

“Perdón por llegar tarde”, dijo Zig, extendiéndole la mano.

Incapaz de ponerse de pie, Katia permaneció en el suelo e hizo un gesto para restarle importancia.

“No te preocupes. Fui yo quien decidió venir sola. Ya has hecho más que suficiente.”

Cuando lo contrató por primera vez, solo lo veía como un guardaespaldas conveniente, nada más. Sin embargo, con el paso del tiempo, su influencia en todo el asunto de las drogas se había vuelto enorme, para bien o para mal. Y, con un futuro que prometía complicarse todavía más, había una sola cosa de la que Katia estaba completamente segura:

Podía confiar en Zig para mantenerla con vida.

Katia había llegado a confiar en él hasta ese punto. Al darse cuenta de ello, sus rodillas dejaron de temblar.

Al menos tu cuerpo es honesto, pensó Zig para sí (como lo haría un viejo verde), mientras la ayudaba a ponerse de pie.

El brazo que apenas unos instantes antes había amenazado su vida ahora parecía patético, aunque seguía siendo bastante grotesco mientras Zig lo sostenía como si fuera el brazo de un maniquí.

“¿Piensas seguir cargando con esa cosa?”, preguntó Katia.

“Bueno, acabo de conseguirlo”, respondió Zig.

“Me estás poniendo la piel de gallina.” Suspiró ella, completamente agotada. “Devuélveselo a su dueño.”

Zig bajó la vista hacia Jaikov, que seguía agonizando, aunque había recuperado el conocimiento. Su mano izquierda tanteaba inútilmente el hombro derecho.

El mercenario permitió lentamente que Jaikov recuperara su brazo derecho. Jaikov lo abrazó como si sostuviera a un amante perdido, aferrándose con fuerza para no volver a perderlo. Una expresión de paz se dibujó en su rostro lleno de dolor.

Zig asintió, satisfecho con la escena que tenía delante, mientras el mafioso que atendía a Katia lo observaba con expresión perturbada.

“En fin”, dijo ella. “Llegaste antes de lo que esperaba. ¿Cómo te libraste de esos tres?”

“Perderlos sin revelar adónde iba habría sido difícil”, respondió Zig mientras levantaba el garrote plateado. “Tuve que darles una paliza para obligarlos a retirarse.”

Ahora que podía observarlo con más calma, Katia notó que estaba mucho más herido de lo que había pensado al principio. Aquella pelea debió de haber sido feroz. La herida de su abdomen ya había recibido primeros auxilios, pero la sangre seguía empapando sus pantalones. La armadura que había comprado apenas esa misma mañana ya estaba destrozada.

“Te ves peor que yo. Oye, ¿alguien puede atender a este tipo, por favor?” Intentó llamar a un mafioso que estaba desocupado.

“¿Huh? Espera un momento.” Acababa de procesar lo que Zig había dicho. ¿Estaba bromeando? ¿No solo había contenido a sus atacantes, sino que los había derrotado? “¿Ganaste? ¿Contra esos tres?”

“No estoy seguro de poder llamarlo una victoria, considerando que terminé huyendo con el rabo entre las piernas cuando llegaron sus refuerzos.” Zig desvió la mirada con vergüenza. “Y esta coraza... La compré hoy mismo y ya quedó destruida.”

Heh... ¡Ja, ja, ja! ¡No me digas!” Katia soltó una carcajada al descubrir que Zig estaba más preocupado por el dinero y por su equipo que por presumir de su victoria.

Después de reír un buen rato, recuperó la seriedad y observó los alrededores. La batalla estaba llegando a su fin. Los mafiosos de Aggretia habían sido capturados o eliminados.

Albano divisó a Katia y caminó hacia ella. “Me alegra que esté a salvo, Señorita.”

“Buen trabajo, Alba. ¿Cómo está la situación?”

“Cuatro muertos y diez heridos de gravedad.”

“Ya veo...” Los ojos de Katia se entrecerraron al oír el número de bajas. Eran algo habitual en ese negocio, pero perder a uno de los suyos significaba que ella no había sido lo bastante fuerte para mantenerlo con vida. En silencio, ofreció una breve disculpa a los caídos. Luego, tras unos instantes, levantó la cabeza.

“Alba, aseguren a los ejecutivos de Aggretia. Trátenlos para que no mueran y entréguenselos a Vanno.”

“Entendido. ¿Y qué hacemos con Elio?”

“¿Quién? ¿Ese traidor? No. Él estuvo con Aggretia desde el principio. Eso es todo.”

“Entendido.”

Albano hizo una señal a sus hombres, y estos se llevaron a Jaikov. Zig observó, pensando para sí mismo en el destino que pronto le esperaba. Ese hombre no iba a tener una muerte fácil. Sin embargo, esa era la vida que había elegido. Zig podría acabar de una manera similar si tomaba las decisiones equivocadas.

Después de eso, todo fue limpieza. La organización que había invadido la ciudad había sido repelida con éxito. Nadie sabía si Aggretia volvería a intentarlo, pero ahora conocían su método de operación y cómo lidiar con ellos.

El gremio no había participado mucho esta vez porque la mafia los había dejado fuera, pero la próxima vez les dejarían encargarse de la mayor parte del trabajo. Habían aprendido lo peligrosa que era la droga y lo fuertes que podían ser los miembros de Aggretia. A pesar de eso, no eran nada que unos aventureros de élite no pudieran manejar. El gremio se encargaría de la lucha mientras la mafia vigilaría la distribución de la droga. Infiltrarse en la ciudad no sería tan fácil otra vez.

Ya veo. Así que esta es la fuerza de defensa de la ciudad, pensó Zig.

La mafia era un mal necesario. Nadie que conociera la situación realmente lo dudaba. Eran criminales, una plaga para la sociedad común, pero sin ellos, aparecerían incontables delincuentes menores. Estos pequeños criminales no tenían lealtades ni objetivos comunes, lo que significaba que tomaría mucho tiempo y esfuerzo encargarse de todos ellos. Era mejor tener a la mafia presente para limpiarlos. La ciudad sabía cómo manejarse y comunicarse con la mafia. De hecho, habían sido fundamentales para eliminar a la fuerza extranjera en este incidente.

Zig se quedó detrás de Katia mientras ella daba órdenes, manteniendo los ojos abiertos por si acaso. Mientras hacía eso, Vanno se acercó a ellos.

“Parece que de alguna manera lo logramos, Señorita.”

“Solo porque convenciste al viejo mapache de Cantarella. Ellos se están encargando de la limpieza, ¿verdad?”

“Perderían prestigio si no lo hicieran”, dijo Vanno con una sonrisa.

Bazarta se había encargado de la gloriosa lucha, dejando que Cantarella se encargara de la molesta limpieza en nombre de su reputación. Era un negociador bastante temible.

“Y hoy hiciste un trabajo excelente, especialista de los Jinsu-Yah”, comentó Vanno a Isana. “Estuve observando todo el tiempo. Nunca había visto algo tan espectacular en mi vida.”

“Gracias”, respondió casualmente Isana, la espadachina de cabello blanco.

Katia notó que sus ojos estaban puestos en Zig. Se preguntó cuál era la relación de la Jinsu-Yah con el mercenario.

“¿Es amiga tuya?”, preguntó Katia.

“Es famosa entre los aventureros”, respondió Zig. “Mi clienta ha tratado con ella antes.”

“Oh, cierto. Dijiste que normalmente eres guardaespaldas de una aventurera.”

No quería que ella indagara más, pero fingir ignorancia iba a ser difícil considerando la actitud de Isana. Podía decir algo sin comprometerse, pero eso podría aumentar aún más su curiosidad.

Isana suspiró con exasperación mientras los observaba hablar. “¿Un trabajo para la mafia esta vez? De verdad no tienes principios, ¿eh?”

Sin estar acostumbrada a situaciones tan delicadas, Isana había dicho algo sin cuidado.

Oh vamos, pensó Zig. Katia no era un problema, pero había alguien presente alrededor de quien no podía bajar la guardia.

Hablando del demonio, Vanno invadió con entusiasmo el espacio personal de Zig. “¡Oh! Entonces aceptas trabajos de cualquier lugar, ¿eh? Te vi defender a la Señorita antes, ¿sabes? Eres bastante fuerte.”

Isana se estremeció al darse cuenta de que había metido la pata, pero ya era demasiado tarde. Vanno tenía su característica sonrisa viscosa en el rostro y observaba a Zig como un cazador acercándose a su presa.

“Que la Señorita Isana te llame alguien sin principios me hace preguntarme qué clase de trabajos sueles aceptar.”

“¿Y usted es...?”, Zig intentó mantener la calma, pero no era un actor. No iba a engañar a Vanno, alguien que se ganaba la vida engañando personas, pero aun así lo intentaría con todas sus fuerzas.

“Vaya, disculpe mi falta de modales.” Hizo una reverencia educada. “Me llamo Vanno. Soy el Bazarta encargado de decirle a la gente qué hacer en este caso relacionado con la droga.”

A pesar de su modestia, Zig sabía que estaba intentando sacarle hasta la última gota de información. Un hombre peligroso.

Vanno levantó la cabeza y continuó.

“Parece que es usted todo un profesional, además de tener una relación con la Señorita Isana. Ha tenido tratos con los Jinsu-Yah, ¿verdad?”

El aura de Vanno había cambiado. A pesar de su tono casual, su mirada penetrante buscaba respuestas, intentando hacer que Zig cediera. Incluso sin su lengua afilada, su mirada habría bastado para hacer hablar a un hombre normal.

Pero Zig no era un hombre normal.

“Buena pregunta. Incluso si lo hubiera hecho, no estoy autorizado a hablar sobre mis clientes. No es mi estilo.”

Él no era bueno actuando, pero no había forma de romper su rostro de piedra, sin importar cuánta presión ejercieran sobre él.

Vanno parecía preparado para eso. “Ah, perdóname. Tienes razón, estaríamos en problemas si los detalles de este incidente salieran a la luz. Siempre se agradece un contratista que sabe mantener la boca cerrada.”

Le lanzó una mirada significativa mientras esperaba una respuesta.

“Sí, es necesario en este tipo de trabajo”, respondió Zig.

Parece que logré esquivarlo. Zig soltó un suspiro de alivio para sus adentros, pero ese alivio no escapó a la atención de Vanno.

“Vaya, sí que eres magnánimo. Pero me di cuenta de que no pareces sorprendido de que me lleve bien con los Jinsu-Yah.”

Ugh. Me atrapó.

Cualquiera que viviera en esta ciudad conocía la enemistad entre los Jinsu-Yah y la mafia local. Incluso había estallado un conflicto a gran escala entre ellos en una ocasión. No sorprenderse de que estuvieran cooperando resultaba extraño.

Zig no lo dejó traslucir, pero sí tardó un instante en responder. Ese momento de vacilación era más que suficiente para un hombre como Vanno.

Su sonrisa viscosa se ensanchó. “Suena como si tuvieras más contactos de los que dejas ver.”

Zig chasqueó la lengua y, por el rabillo del ojo, vio a Isana que llevaba una expresión de disculpa. En realidad no había revelado nada, pero Vanno había confirmado sus sospechas sobre él y había unido las piezas al ver que Zig e Isana se conocían.

No se puede vencer a un profesional, pensó con un suspiro interior. Vanno era muy agudo. Bien merecido por subestimar a un hombre cuyo negocio consistía en engañar y evitar ser engañado. Incluso sin pruebas, era capaz de deducir las circunstancias que rodeaban a Zig con solo leer sus reacciones.

“Por cómo hablas, parece que aceptas una gran variedad de trabajos.”

Zig suspiró y se encogió de hombros. “Mientras no me meta en problemas con el gobierno o la policía, sí.”

Ya no tenía sentido seguir con cara de póker después de que Vanno lo hubiera calado por completo. A pesar de haber acabado con muchas vidas como mercenario, Zig nunca había sido acusado de ningún delito. No le molestaban los trabajos sucios siempre que permanecieran ocultos, pero sus principios le impedían asociarse con delincuentes. Y no era por bondad ni por algún ideal elevado. Así era simplemente como funcionaba su antiguo grupo de mercenarios. La influencia de su líder y de su maestro, un antiguo militar, había sido decisiva en la forma en que hacían las cosas.

“Uh-huh, ya veo. Entonces no te importa trabajar para la mafia dependiendo de las circunstancias— ¿te he entendido bien?”

Una sonrisa fina y provocadora, de esas que los mafiosos usan para medir la reacción de alguien, cruzó el rostro de Vanno. Que Zig se inmutara o permaneciera en silencio cambiaría la respuesta de Vanno. Era una pregunta malintencionada, diseñada para poner a prueba a un hombre.

“Así es.” La respuesta de Zig fue inmediata, dada sin la menor vacilación pese a los mafiosos que los rodeaban. Katia lo miró boquiabierta, completamente sorprendida, mientras Isana se daba una palmada en la frente.

Vanno soltó un resoplido satisfecho al ver sus reacciones. Ya esperaba que Zig respondiera afirmativamente. Era raro encontrar combatientes independientes tan poderosos, así que eso no le sorprendía. La verdadera pregunta era para quién trabajaba. La investigación de Vanno no había logrado encontrar la respuesta.

“Wow, eso es impresionante. Debes de tener gente muy poderosa respaldándote si tienes las agallas para decirnos eso a la cara.”

Mientras metía la mano en el bolsillo de su camisa para sacar su puro, ya tenía algunas teorías sobre quiénes podían ser esas personas poderosas. Los Cantarella, el gremio o algún culto de lunáticos. Cualquiera de esas opciones sería un fastidio.

Colocó cuidadosamente su confiable cortapuros alrededor de la perilla, procurando no aplastarla.

“No la tengo”, dijo Zig.

Vanno resbaló con el movimiento y la hoja del cortapuros hizo un corte en ángulo que empezó a desenrollar la capa, arruinando la cabeza de un puro perfectamente bueno. Ya no servía para nada — un puro nada barato echado a perder. Pero olvidando el puro, ¿qué demonios acababa de decir Zig?

“Perdona, no creo haber oído bien”, dijo. “Déjame comprobarlo. ¿Dijiste que no tienes a nadie respaldándote?”

“Eso dije.”

“Ya veo. Qué alivio. Pensé que el oído me estaba fallando.”

¿Este tipo es idiota?, pensó Vanno para sus adentros, resistiendo el impulso de decirlo en voz alta.

No había ninguna ventaja en guardar silencio en una situación como esa. Zig al menos podía haberlo insinuado si no quería ser específico. Vanno lanzó una mirada furtiva hacia la Princesa Relámpago Blanco, que estaba detrás de él, pero ella también estaba negando con la cabeza.

Los Jinsu-Yah tampoco lo respaldaban.

Vanno se rascó la cabeza mientras tiraba el puro, que ahora ya no servía para nada. Si Zig realmente no estaba afiliado a nadie, decir algo así era prácticamente pedirles que lo mataran. Y si uno se enfrentaba a un idiota de verdad como él, más de un hueso terminaría roto.

Vanno dejó escapar un gruñido, sintiendo un peso cada vez mayor sobre los hombros.

Ha ha ha, sí que eres todo un caso, amigo.” La sonrisa de Vanno no llegó a sus ojos. “Nadie que no esté respaldado por alguien tendría los huevos de decir lo que acabas de decir en un momento como este.”

Los mafiosos de los alrededores no los rodearon, pero escuchaban la conversación mientras se ocupaban de la limpieza.

“Pero oye, lo entiendo”, continuó Vanno. “Mis muchachos no están ni cerca de tu nivel. Los borrarías del mapa en un abrir y cerrar de ojos. Pero el mundo es muy grande, ¿sabes? Siempre hay alguien mejor. Demonios, aquí mismo tenemos a una especialista de los Jinsu-Yah. ¿Captas lo que quiero decir?”

Vanno señaló a Isana con la barbilla.

Isana, la Princesa Relámpago Blanco, la más fuerte entre los guerreros de los Jinsu-Yah, levantó despreocupadamente la mano que había estado acariciando la empuñadura de su espada y dijo: “Sí, yo no voy a pelear contra este tipo.”

“¿Perdón?”

Tan despreocupada, tan imposible de descifrar. Sus palabras sacudieron tanto a Vanno que lo dejaron paralizado por un instante. Aun así, era un ejecutivo de la mafia. Recuperó la compostura y se volvió hacia Isana mientras se frotaba la sien. Las comisuras de su boca se crisparon, dejando claro que todavía no se había recuperado del todo.

Witch and Mercenary Volumen 4

“Ahora bien, Señorita Isana, se supone que tenemos una alianza”, dijo. “Nosotros los ayudamos a establecerse y ustedes nos ayudan a librar nuestras batallas... Como hoy.”

“Uh-huh,” dijo Isana lentamente.

“Pero no podemos tener una alianza de verdad si te niegas a luchar contra alguien solo porque resulta que lo conoces. No es por eso que te niegas a pelear contra él, ¿verdad?”

La mafia tenía una reputación que mantener. Bazarta quedaría mal si la alianza se rompía unilateralmente y él no hacía nada al respecto.

“Los ayudaré mientras esté dentro de mis posibilidades. Y siempre que no sea una petición irrazonable.”

“¿Y pelear contra este hombre entra en esa categoría?” Le lanzó una mirada penetrante, a un paso de convertirse en intimidación.

Isana negó tranquilamente con la cabeza, sin cambiar de expresión. “No es eso. Simplemente esta no es una alianza en la que vaya a morir por ti solo porque me lo ordenes. Eso es todo.”

Los ojos de Vanno se abrieron de par en par. La especialista de los Jinsu-Yah —un pueblo conocido por una fuerza tan abrumadora que jamás había caído ante conquistador alguno— estaba diciendo que enfrentarse a Zig era como ordenarle morir.

“¿Es algún tipo de broma?”

“¿Crees que bromearía con algo así cuando pongo mi orgullo en mi espada?”

Eso es lo que pensé.

Vanno conocía de primera mano la terquedad de los Jinsu-Yah. Era poco probable que Isana estuviera mintiendo. Por difícil que fuera de creer, aquel hombre corpulento no era un oponente al que ni siquiera ella enfrentaría de frente.

“¿Eso es todo?”, preguntó Isana.

“Sí”, respondió Vanno. “Nos pondremos en contacto contigo si surge más trabajo.”

“Ya sabes dónde encontrarme.”

Vanno no podía hacer nada contra un hombre al que no lograba intimidar. Así que reprimió el resentimiento que empezaba a surgir en su interior y no dijo nada más.

Con la conversación terminada, Katia hizo una reverencia ante Zig. El trabajo había terminado. Se suponía que duraría cinco días, pero la amenaza había sido neutralizada por completo.

“Hiciste mucho por mí. Ahora que todo este desastre terminó, también termina tu contrato. No te preocupes, te pagaré el monto completo.”

“Siempre es un placer trabajar para una clienta con bolsillos profundos.”

Lidiar con las consecuencias iba a ser todo un dolor de cabeza, pero ya no necesitaría un guardaespaldas constantemente a su lado. Aun así, Zig había terminado desempeñando un papel mucho más importante y visible de lo esperado durante sus días como guardaespaldas de una mafiosa.

“También te daré un bono por lo de los aventureros y añadiré una compensación por el equipamiento roto.”

“Gracias... De verdad.” Se alegraba de haber incluido su equipamiento en el contrato. Habría sido un desperdicio enorme terminar gastando todo su pago en comprar equipo nuevo.

Al ver su alivio, Katia no pudo evitar reír. Estaba claro que Zig se preocupaba mucho por su equipo.

“Nos veremos. Rezo para que no terminemos siendo enemigos.”

Zig permaneció en silencio y respondió con un leve movimiento en las comisuras de los labios — su versión de una sonrisa.

Sin mostrar señal alguna de lo herido que estaba, avanzó con paso firme entre la multitud de mafiosos y desapareció por los callejones. Los miembros de Bazarta miraron a Vanno, pidiéndole permiso para perseguirlo, pero él negó con la cabeza.

“No. Tenemos asuntos más importantes que atender, y empiezan cuando los ejecutivos de Aggretia despierten de su siesta. Quiero respuestas. Tampoco hace falta que sean delicados. Solo háganlos hablar. Después envíen lo que quede de ellos de vuelta con sus jefes. Nadie viene a joder en nuestro territorio y se sale con la suya.”

✦✦✦

El atardecer caía sobre una pequeña enfermería en las afueras del centro de la ciudad.

A pesar de su reducido tamaño, allí ejercía un médico de gran renombre. En ese momento estaba atendiendo a Elsia y sus compañeros. Ya había pasado la hora de cierre, pero el doctor Dorea los había recibido sin una sola queja.

Incapaz de quedarse esperando en la sala de espera, Elsia se acercó al médico apenas salió del quirófano.

“¿Cómo están, doctor?”

Tenía un rostro amable y afable. Sonrió y le dirigió un tranquilizador asentimiento. Su trato gentil era una de las razones de su popularidad.

“Estarán bien. Sus vidas no corren peligro. El grandulón perdió mucha sangre, pero sus heridas eran tan limpias que fue fácil tratarlas. Se recuperará por completo y no sufrirá ninguna secuela.”

“Menos mal...” Elsia dejó escapar un enorme suspiro de alivio al escuchar el informe, tan grande que enseguida se dejó caer en un asiento.

“Pero estas heridas...” Dorea negó con la cabeza mientras examinaba la ficha que sostenía sobre su abultado vientre. “Puedo decir que no fueron causadas por una monstruosidad. ¿Debería informar a la policía militar?”

“No, no será necesario. Son cosas que pasaron durante un trabajo.”

“Ya veo. Entonces no preguntaré más.”

Elsia inclinó la cabeza en silencio para agradecer la consideración de Dorea.

“Elsia, ¿tienes un momento?” Alan, que había esperado a que terminaran de hablar, la llamó desde un rincón de la sala de espera.

“¿Qué sucede?”, preguntó ella.

Alan se había quedado después de llevar a Tylon y Zasp a la clínica. Mientras el doctor realizaba la operación, Listy le había contado cierta información, y ahora esperaba que Elsia se la confirmara.

“Uno de los miembros de mi grupo vio por casualidad a la persona contra la que estabas peleando. ¿Es el mismo hombre que estábamos buscando antes?”

“Sí. Creo que se llama Zig.”

Recordó cuando Alan le había pedido que encontrara al misterioso salvador de su grupo. Sin embargo, no había conseguido averiguar gran cosa.

Aunque Alan ya esperaba esa respuesta, frunció el ceño. Le costaba creer que su benefactor estuviera trabajando para la mafia.

“Lo imaginaba, pero... ¿por qué estaba con la mafia?”

“No tengo idea. Según nuestra investigación, parecía muy probable que estuviera usando drogas...”

Alan la interrumpió a mitad de la frase. “Zig no es esa clase de persona.”

Elsia parpadeó, sorprendida detrás de su venda. No esperaba una reacción así de alguien que normalmente era tan educado.

Está bien, quizá no estaba usando esa droga, pero sí utilizó algún tipo de droga...

Podía admitir que la sustancia que él había usado no era la misma de la que todo el mundo hablaba. No había ninguna jeringa, y la fuerza de aquel hombre ya era inmensa incluso sin mejoras.

Elsia hizo una pausa, escogiendo sus palabras con cuidado. “No estaba usando la droga de la que estamos hablando, eso es cierto. Ahora que lo pienso, parecía que estaba protegiendo a la chica de la mafia.”

“Ya veo. Entonces era un trabajo de guardaespaldas. Zig sí parece el tipo de persona que aceptaría un trabajo de guardaespaldas para la mafia...”

Alan pareció satisfecho con la explicación. Elsia, en cambio, pensaba que a Zig le faltaban un par de tornillos para aceptar tan tranquilamente un trabajo de guardaespaldas para la mafia. Debería aprender a escoger mejor a sus clientes.

La expresión de Alan se volvió seria. “¿Vas a informar esto al gremio?”

“Vamos, dilo de una vez”, respondió Elsia. “¿Eso es lo que más te preocupa? ¿Cómo voy a presentarlo ante el gremio?”

Alan asintió en silencio.

Dependiendo de cómo lo planteara, el gremio podría terminar considerando a Zig una persona de interés. Si era sincera, debería hacerlo. Aunque solo hubiera sido un trabajo, no podían dejar sin vigilancia a un hombre que se relacionaba abiertamente con aventureros a diario.

Sin mencionar las heridas que les causó a mis compañeros.

Alan apartó la mirada de los ojos ocultos de Elsia, sumido en sus pensamientos. De pronto, ella percibió uno de ellos — sus ojos de dragón actuando por su cuenta. No era algo fuera de lo común. Permaneció en silencio hasta que Alan volvió a hablar, aunque ya sabía lo que iba a decir.

“¿Puedo hacerte unas preguntas?”

“¿Como cuáles?” Estaba dispuesta a escuchar lo que tenía que decir.

“¿Zig los atacó primero?”

“No. Fuimos nosotros.”

Así que por ahí va.

Alan era un hombre honesto, pero no era ingenuo respecto al funcionamiento del mundo. Cuando era necesario podía ser un negociador hábil y no le daba miedo recurrir a tácticas sucias. Por eso ella lo tenía en tan alta estima.

“¿Los provocó para que lo atacaran?”

“No.”

“Y por último— perdona la grosería, ¿sobrevivió usted por su propia fuerza?”

“No.” Respondió con un suspiro, mientras un torbellino de emociones la recorría por dentro. Ni siquiera ella sabía con exactitud qué era lo que estaba sintiendo en ese momento.

Alan tenía razón. Ellos habían iniciado a la fuerza un interrogatorio en nombre de la investigación, habían atacado a Zig y a la chica sin escuchar lo que tenían que decir y... habían perdido.

Aunque ninguno de los dos bandos había estado luchando con intención de matar, tampoco se habían contenido. Y aun así, seguían con vida, cuando aquel hombre había estado a un paso de acabar con ellos. Incluso la dejó hablar sobre los ojos de dragón aunque sabía que solo estaba ganando tiempo. Cuando le arrebató el arma, le devolvió la venda en lugar de matarla. Y para rematar, estaba el informe médico de Dorea.

“Sus heridas eran tan limpias que fue fácil tratarlas.”

Él se había contenido cuando hirió a Tylon. Solo había querido retrasarla haciendo eso. ¿Cuántos golpes más habría contenido? Su armadura era barata, sin un solo encantamiento grabado en ella. Su arma, aunque resistente, no tenía ningún efecto especial. Cuanto más lo pensaba, más le molestaba.

Ese tipo realmente nos menosprecia.

“Él dijo que el asunto de las drogas estaba a punto de terminar”, comentó sin pensarlo. “Que sea o no una amenaza para el gremio puede esperar hasta que termine la investigación.”

Estaba enfadada con él por haber herido a sus compañeros. Sin embargo, Zig era tan misterioso que no podía basar su opinión sobre él únicamente en esos sentimientos. También sentía curiosidad por saber por qué Alan estaba llegando tan lejos para defenderlo. Quizá no fuera mala idea confiar en su juicio y ver cómo se desarrollaban las cosas.

Alan inclinó la cabeza en señal de agradecimiento. “Gracias.”

“Perdón por entrometerme, pero ¿ese Zig es el del arma doble tan extraña?” Dorea intervino, incapaz de ignorar la conversación. Se estaba rascando la cabeza cuando ambos se volvieron hacia él.

“¿Lo conoce, doctor?”

“Como paciente, sí. Una vez trajo consigo a unos aventureros de Wadatsumi gravemente heridos. Dijo que era algo relacionado con el trabajo. Me pareció un hombre bastante entregado.” 

“No deja de meterse en problemas...”

“¿Quién es exactamente?”

Con el cansado suspiro de Alan, la imagen de Zig se volvió todavía más misteriosa en la mente de Elsia.

✦✦✦

En la armería habitual de Zig, la Armería Ernesta, dependientes y artesanos estaban ocupados con el ajetreo de la tarde. Los aventureros que regresaban de una dura jornada llevaban su equipo para repararlo y darle mantenimiento.

Zig solía ir a una hora menos concurrida, pero esta vez se mezcló con la multitud y avanzó en silencio entre ella. Sus pasos eran completamente silenciosos mientras fluía como el agua por la tienda para no llamar la atención. Era sorprendentemente rápido y sigiloso para alguien de su tamaño. Ocultándose entre la multitud como si fuera un manto, se abrió paso con naturalidad hasta una dependienta que estaba desocupada.

No era Sciezka, sino una empleada con la que nunca había hablado antes. La elección había sido deliberada.

“¿Es un buen momento?”, preguntó él.

La imponente figura de Zig sobresaltó a la dependienta, pero enseguida adoptó su sonrisa profesional.

“Bienvenido, señor. ¿En qué podemos ayudarlo hoy?”

“Quisiera ver algunas armaduras.”

“Por supuesto. Disculpe, ¿usted es Zig, por casualidad?”

“¿Nos conocemos?” Zig rebuscó en su memoria el rostro de la muchacha, pero no encontró nada.

Ella se llevó una mano a la boca y soltó una risita. “No, pero Sciezka me habló de usted. Así que usted es ese...”

¿Ese? ¿Qué quería decir con eso? Al parecer, Zig ya se había ganado cierta fama en ese lugar, pero decidió no preguntar más.

“¿Quiere que llame a Sciezka?”

“No hace falta. Parece ocupada. Preferiría no molestarla.”

“¿Se le volvió a romper el equipo?”

Las certeras palabras de la dependienta hicieron que Zig se quedara inmóvil. Al comprobar que había dado en el blanco, la asistente le dedicó una sonrisa que parecía decir: Ay, Dios mío.

“De verdad es tal como cuentan las historias. ¿Le importaría decirme cuándo compró ese equipo por última vez?”

“Ayer. Lo compré ayer después de romper el anterior, y se rompió antes de que terminara el día. Es un poco vergonzoso.”

“Dios mío...”

Hasta la dependienta quedó desconcertada por la velocidad con la que rompía su equipo. Ahora entendía por qué Sciezka había dicho que era “un cliente de alto valor por mérito propio”. Le hacía ilusión atenderlo ella sola.

Maia, la dependienta, se disculpó en silencio con Sciezka, que estaba ocupada en la parte de atrás.

Ajeno a sus pensamientos, Zig se recompuso y le dijo lo que necesitaba. “Olvídese de mi armadura. Mi arma se rompió, así que necesito una nueva. ¿Tienen alguna espada gemela... espada de doble filo en existencia?”

“Permítame comprobarlo.”

Espada de doble filo... Qué arma tan peculiar.

Revisó la lista de inventario, pero no encontró ninguna en existencia. Recordaba que el mes pasado aún les quedaban dos, pero ambas ya se habían vendido. Después revisó el programa de producción. Incluía listas recopiladas de otras sucursales, pero tampoco encontró nada.

“Lo siento mucho, pero me temo que en este momento no tenemos ninguna espada de doble filo ni en la tienda, ni en producción, ni pendiente de entrega.”

“Ya veo... Eso no es bueno.”

“¿Le gustaría hablar con uno de nuestros artesanos? Las armas por encargo son más caras, pero puede solicitar un pedido prioritario. También tenemos planes que, pagando un cargo adicional, reducen el tiempo de fabricación.”

Sacó una lista del personal para buscar quién podía fabricar espadas de doble filo.

“Deberíamos tener aquí a alguien capaz de hacer la espada que necesita. ¿Cómo se llama...?”

“¿Gantt?”, sugirió Zig.

“Gantt, Gantt... Sí, aquí está”, dijo, señalando su nombre en la lista. “¿Lo conoce?”

Aunque era un artesano muy hábil, Gantt era famoso —o quizá infame— por fabricar equipos que nadie quería. También tenía la habilidad suficiente para crear ítems mágicos e implementos mágicos, pero el problema seguía siendo el mismo... era una persona difícil de tratar.

Recibía muchos encargos gracias a su habilidad. Sin embargo, su peculiar sentido de la estética y su complicada personalidad hacían que trabajar con él fuera todo un desafío. En un momento las cosas habían llegado a tal punto que la tienda incluso había considerado revisar su contrato, aunque recientemente por fin había empezado a concretar algunas ventas.

“Es un poco excéntrico, pero podemos garantizar su habilidad. ¿Le gustaría hablar con él?”

“¿No hay nadie más?”

“Me temo que no.”

Zig soltó un suspiro cuando la dependienta negó con la cabeza. Los usuarios de espadas de doble filo eran poco comunes.



“¡Zig! ¿Otra vez rompiste tu equipo? ¡Eres una auténtica mina de oro! ¡Le has hecho ganar más dinero a esta tienda que yo en toda mi vida!”, exclamó Gantt entre carcajadas.

Zig no dijo nada. Apretó los labios con una expresión como si acabara de morder un pomelo mientras soportaba la predecible reacción de Gantt. Después de Sciezka, él era la penúltima persona con la que quería encontrarse. Por supuesto, en ese momento Gantt ya estaba rodando por el suelo, sujetándose el estómago mientras se desternillaba de risa a costa de Zig.

Witch and Mercenary Volumen 4

Era un artesano cuyo trabajo principal no era atender clientes, pero incluso a la empleada ya empezaba a sacarle de quicio su actitud. Sin darse cuenta de la ira que despertaba, Gantt empezó a inspeccionar los restos de la armadura de Zig.

“Esta cosa quedó hecha pedazos. ¡Me sorprende que hayas vuelto entero! Creo que te convendría más entrenar ese cuerpo tuyo que comprarte equipo nuevo.”

Zig permaneció en silencio, aunque podía sentir cómo le subía la presión.

Aunque las burlas de aventureros y mafiosos no le afectaban, las palabras de Gantt sí conseguían irritarlo de verdad. Si Gantt no fuera un artesano tan talentoso, Zig ya le habría estampado algo en la cabeza.

“En cuanto a las armas, quizá te convendría cargar con un tronco o con unos pedazos de metal. Esos son mucho más—”

Antes de que Zig perdiera la paciencia, la empleada actuó por él.

Un fuerte estruendo interrumpió a Gantt. Al instante siguiente, un pedazo de chatarra destinado a fundirse salió volando y pasó silbando junto a su cabeza.

La empleada le dedicó una sonrisa a Gantt. Había sido ella quien había lanzado la patada al pedazo de chatarra.

“Estás en horario de trabajo, Gantt.”

“Uh, sí, claro.”

Contuvo cualquier otra carcajada y se acercó a Zig para, por fin, empezar a hablar del encargo. Tras dedicarle un leve gesto de agradecimiento a la empleada, Zig le preguntó a Gantt sobre la fabricación de una nueva arma.

“Necesito que me hagas una espada de doble filo para reemplazar la que se rompió.”

“Claro. Pero va a hacer falta bastante para fabricar algo mejor que la que tenías. ¿Cómo anda tu presupuesto?”

Gantt se rascó la barba, preocupado por el bolsillo de Zig. Zig infló el pecho para demostrarle que no tenía de qué preocuparse.

“Puedo permitirme gastar esta vez. Tengo el pago de este trabajo, pero además tengo esto.”

Maia se sorprendió de que el testarudo de Gantt hubiera aceptado fabricar un arma tan rápido, pero lo que más la sorprendió fue lo que Zig sacó — un garrote envuelto en tela. El brillo de plata blanca le daba un encanto único, y bastaba una sola mirada para darse cuenta de que no era un arma cualquiera.

“¡Espera! ¡¿De dónde sacaste eso?!”

“Lo recogí durante el trabajo.”

“Sabes, conozco al dueño de esta cosa.”

Las armas distintivas de los aventureros famosos nunca pasaban desapercibidas, así que era natural que Gantt conociera al usuario de Explosión de Plata, el nombre con el que la gente conocía aquel garrote.

“Bueno, la dueña fue quien destrozó mi equipo. Me lo quedé como compensación.”

“¿De verdad debería involucrarme en esto?”, murmuró Gantt.

“No te preocupes. Tu arma hizo un buen trabajo contra ella y su grupo.” Zig asintió con satisfacción.

Gantt había estado preocupado, pero en cuanto oyó lo eficaz que había sido su arma en combate, se entusiasmó al instante. “¿Ah, sí? ¡Eso es!”

La dependienta, la única persona que estaba pensando con claridad, ya no podía seguir el ritmo de la conversación.

“Quiero venderlo para pagar el costo de fabricar mi espada. ¿Servirá?”

“Es un arma excelente, pero los garrotes no son muy populares. Aun así, debería alcanzar un buen precio.”

“La llevé a una casa de empeños, pero se negaron a tasarla sin un certificado. ¿Puedes hacerme uno?”

“Eh, ningún problema. Serán setenta mil. Me llevará un tiempo identificarla y emitir el certificado, así que me pondré en contacto contigo cuando esté listo.”

El precio era elevado, pero bastante razonable. Zig sabía que estaba pagando por los conocimientos y la experiencia del artesano.

“Si todo sale bien, eso debería resolver la mayor parte de tus problemas de presupuesto.”

“¿Vale tanto?”

“Dejando de lado la cuestión de la demanda, esta cosa vale diez millones de dren.”

“Estás bromeando.”

“Funciona como un ítem mágico, es ligera y resistente. No te imaginas lo difícil que es fabricar algo que sea tan liviano y, al mismo tiempo, tan duradero. Aguantó tus espadazos, ¿no?”

Zig permaneció en silencio, comprendiendo la lógica de la explicación de Gantt. Encontrar un garrote tan delgado y ligero que pudiera soportar los golpes de su espada de doble filo ya era sorprendente por sí solo.

“Pero, bueno”, dijo Gantt. “Ya basta de hablar del arma de otra persona. Hablemos de la tuya, ¿te parece?”

Así, Zig y Gantt cambiaron de tema y pasaron un buen rato discutiendo los materiales y las características que tendría su nueva arma.



Zig era un cliente extraño. Esa era la conclusión a la que había llegado Maia, la empleada de la armería, mientras lo observaba. Desde que Sciezka le había hablado de él, sentía curiosidad. Ya de por sí era raro que la otra empleada hablara de un cliente en particular.

Sciezka había descrito a Zig como un hombre que rompía su armadura una y otra vez. Al principio, Maia pensó que debía de ser terrible en su trabajo. Pero después de verlo de cerca, supo que estaba equivocada.

En una sociedad donde los cuerpos se fortalecían con magia, el suyo había sido forjado mediante entrenamiento físico. Su juego de pies era impecable y no desperdiciaba ni un solo movimiento. Enseguida reconoció que era un veterano experimentado. Sin embargo, su equipo dejaba bastante que desear.

No es un aventurero, pensó ella. Tampoco un caballero. Y no tiene el aire de un mafioso. Parece acostumbrado a los trabajos peligrosos, pero no transmite un aura violenta.

Además, hablaba con total normalidad y trataba con respeto a empleados y artesanos comunes como ella y Gantt. De hecho, le sorprendía lo bien que se llevaba con el excéntrico Gantt. Nunca había visto al herrero aceptar un encargo personalizado con tanta rapidez. Aunque quizá el excéntrico fuera Zig por comprar las creaciones de Gantt. En cualquier caso, tenía buenos modales, no era tacaño con el dinero y, además, compraba la mercancía estancada de la tienda. Era el único capaz de conseguir que Gantt fabricara algo por encargo.

En resumen, Zig era un tipo de hombre que Maia jamás había conocido. Tenían que cuidar bien de un cliente así.

Cuando llegó a esa conclusión, Maia les habló.

✦✦✦

Una vez terminó de consultar lo de su equipo, Zig fue a la taberna. Antes había pasado por la posada, pero Siasha todavía no había regresado. Probablemente había salido a cenar con Lindia después del trabajo, así que decidió aprovechar para tomarse un par de tragos en la ciudad.

El garrote plateado de Elsia había alcanzado un precio considerable en la casa de empeños, así que todo el esfuerzo que le había costado conseguirlo había valido la pena. La cerveza de esa noche iba a saber especialmente bien.

Zig bebía con calma, lo suficiente para disfrutar sin llegar a emborracharse. Eligió un rincón de la taberna y se sentó de espaldas al bullicio. Era la forma en que prefería beber. No le molestaba estar solo y tampoco era de hacer alboroto, aunque no tenía problema con que los demás lo hicieran.

En su antiguo grupo de mercenarios, el ambiente siempre se relajaba bastante después de que él hiciera su truco de lanzar armas arrojadizas. Eso siempre conseguía que los demás lo invitaran a comer algo bueno. No había cambiado mucho desde los tiempos en que todavía era demasiado joven para beber.

“Me pregunto cómo estarán los chicos ahora”, pensó Zig en voz alta. Casi se echó a reír de sí mismo por pensar en ellos ahora, después de haber estado tanto tiempo lejos.

Aun así, no podía negar que habían sido ellos quienes lo moldearon, quienes le permitieron elegir ese camino desde un principio.

✦✦✦

En las afueras de cierta ciudad, varias tiendas de campaña se alzaban agrupadas. Un grupo de personas con un aspecto nada respetable habitaba aquellas tiendas.

Había una razón por la que vestían de esa manera y por la que los habitantes de la ciudad no querían tener nada que ver con ellos: no eran personas honradas, y todos llevaban impregnado el hedor de la sangre.

En un rincón del campamento había una tienda más pequeña que las demás. Dentro de aquella pequeña tienda estaba un joven muchacho: el más pequeño del grupo.

Tenía unos doce, quizá trece años, y llevaba el cabello gris cortado muy corto. Aunque todavía estaba creciendo, ya era más grande que los chicos de su edad.

Lo que más destacaba de él eran sus ojos. No tenían el brillo propio de un niño de su edad; eran más bien los ojos de alguien muerto. No reflejaban ni aburrimiento ni motivación; simplemente hacía lo que tenía que hacer.

El muchacho blandía su arma en silencio, levantando una espada larga del tamaño de un adulto y descargándola una y otra vez. Aunque la hoja era grande y difícil de manejar, eso no ralentizaba sus movimientos.

Llevaba tanto tiempo haciéndolo que sus pies se estaban hundiendo en el suelo bajo él. Varias de las callosidades de sus manos se habían abierto, haciéndolas sangrar. El líquido rojo se deslizaba por la empuñadura de la espada. Un torrente de sudor recorría su cuerpo y empapaba sus pantalones.

Habría seguido entrenando de esa manera si alguien no lo hubiera llamado.

“¡Eh, Zig! ¿Cuánto tiempo más vas a seguir balanceando esa cosa? Ya es hora de comer.”

Un rubio de unos veinte años, con una actitud arrogante, que llevaba un balde en la mano, se acercó a él.

“Ryell.” Zig le lanzó una mirada de reojo para reconocer su presencia y siguió balanceando la espada.

Ryell dejó caer los hombros y se acercó más. “Sigues siendo igual de terco, ya veo. Vamos, si no te apuras se van a acabar la comida. Con todo lo que comes, Provisions te va a matar si encima no ayudas a lavar los platos.”

“Eso sería malo.” Zig enfatizó su última palabra con un poderoso espadazo.

Detuvo la espada con precisión a pesar de haberla blandido incontables veces. El sonido que producía la hoja y la fuerza que desprendía eran tan impresionantes que era fácil olvidar que seguía siendo solo un niño.

Ryell soltó un silbido de admiración y luego habló con una mezcla de admiración y envidia en la voz. “Vaya, estás creciendo muy rápido.” Le entregó el balde a Zig. “Límpiate un poco y vámonos.”

Zig bajó la vista hacia sus manos y se quedó inmóvil.

“No puedo mover las manos”, murmuró.

“La sujetaste durante demasiado tiempo. Déjame ver. ¡Whoa, estás cubierto de sangre! ¿Es que no te dolía en absoluto?”

“No me molestaba mientras practicaba los movimientos.”

“Al menos límpiate la sangre... y además tienes los dedos agarrotados. Genial.”

Ryell limpió la sangre de Zig con un trapo mojado y le fue separando los dedos uno por uno. Por el sonido que hicieron sus articulaciones al crujir, debía de doler bastante.

Zig abrió y cerró los dedos ahora que podía moverlos. Frunció el ceño.

Ahora me duelen.”

“Obvio, idiota. Luego les pondremos un poco de medicina. Por ahora, solo lávate las manos y límpiate el sudor. ¡No, no bebas del balde! ¡Esa no es agua para beber, esta sí!”

“¿Hm?”

Zig lo miró con expresión confundida, pues ya se había bebido toda el agua del balde. Tomó la cantimplora que Ryell le tendía y se la vació sobre la cabeza. Ryell solo pudo dedicarle una sonrisa cansada, después de haber visto pasar exactamente lo mismo una y otra vez.

El grupo de mercenarios tenía la tradición de cuidar a los nuevos reclutas. Ryell había llamado a sus puertas después de que su aldea fuera destruida, y ellos lo habían entrenado hasta convertirlo en alguien capaz de desenvolverse en una operación. Ahora le tocaba a él encargarse del chico de ojos muertos.

Al principio le preocupaba siquiera poder llevarse bien con el mocoso, pero pronto descubrió que sus preocupaciones habían sido infundadas. Zig no era amigable, no tenía nada propio de un niño y tampoco se dirigía correctamente a sus mayores. Sin embargo, hacía todo lo que le pedían sin quejarse, y su pasión por entrenar lo volvió muy popular entre Ryell y el resto del grupo.

Sus torpes imperfecciones eran precisamente lo que lo hacía entrañable. A diferencia de otros chicos de su edad, nunca menospreciaba a sus mayores, aunque no supiera dirigirse a ellos apropiadamente. Ryell se preguntó tantas veces por qué era así que, en una ocasión, terminó preguntándoselo directamente. “¿Por qué respetas tanto a los mayores?”

“Porque han logrado sobrevivir tanto tiempo en este horrible mundo”, había respondido Zig. “Claro que los respeto.”

Ryell se sorprendió por aquella respuesta, considerando que Zig no era más que otro huérfano de guerra, pero le bastó para quedar satisfecho. Formaban un buen equipo: Ryell, despreocupado pero atento; y Zig, serio pero lleno de defectos.

Después de lavarse y ponerse un cambio de ropa, Zig y Ryell se dirigieron al comedor provisional del campamento. Varias ollas enormes estaban alineadas para alimentar a toda la compañía de mercenarios. Una mujer incluso más grande que aquellas gigantescas ollas supervisaba todo el proceso.

“¡Pónganse en fila, desgraciados! ¡Con esos modales no van a comer!”

“Qué bueno ver que la cocinera está de tan buen humor...”

Los miembros que intentaban colarse enseguida regresaban al final de la fila. Si los mercenarios dominaban el campo de batalla, aquella mujer dominaba la fila del comedor. Frente a esa gran mujer, hasta los mercenarios más veteranos no eran más que niños hambrientos.

“Escucha bien, Zig”, dijo Ryell. “No hagas enojar a quienes preparan la comida. Si lo haces, acabarás comiendo un pan tan seco que bien podría ser una piedra.”

“Okay.”

Zig obedeció y se colocó en la fila, tomando muy en serio la advertencia. Aunque llegaron a tiempo, nadie más parecía estar formándose detrás de ellos.

Por suerte, la habilidad de la cocinera hacía que la fila avanzara con rapidez. No pasó mucho tiempo antes de que llegara el turno de Zig y Ryell.

“¡Pero si es Zig! ¿Soy yo o volviste a crecer?”

“No lo sé, pero he estado comiendo más.”

Era una respuesta torpe, pero ella sonrió, sabiendo que no había querido ser descortés. “¡Eso son excelentes noticias! ¡Cualquiera puede hacerse más fuerte si come mucho, trabaja mucho y duerme mucho! ¡Así de simple!”

Zig asintió con total sinceridad.

“Quiero una porción grande.”

“¡Entonces será una extra grande, muchacho!”

Sirvió el estofado en un recipiente que bien podría haber sido un balde, y este soltó un pesado golpe al caer sobre la bandeja. También le puso un enorme trozo de pan de centeno junto con una porción de puré de papas del tamaño del puño de un adulto. Ignorando lo que él había pedido en realidad, había decidido servirle esa cantidad. No se aceptaban objeciones.

“¿Puedes comerte todo eso?”

Ser mercenario era un trabajo físicamente exigente. Naturalmente, comían mucho más que una persona común, pero la porción que Zig había recibido bastaba para hacer dudar incluso a un mercenario.

“Es mucho, pero puedo terminarlo”, dijo Zig. “De todos modos, tengo hambre.”

La bandeja se sentía tan pesada como la espada larga con la que había estado entrenando hacía un rato. Zig se dio la vuelta para buscar un lugar donde sentarse, pero entonces volvió sobre sus pasos.

“¿Qué pasa?”, preguntó la mujer.

Equilibrando cuidadosamente la bandeja entre las manos, hizo una reverencia. “Gracias por todo.”

“¡Oh! ¡Pues más te vale ayudarme a lavar los platos cuando termines!”

“Okay.” Zig asintió y se marchó.

Se dirigió hacia Ryell, que ya estaba sentado en una mesa improvisada con cajas de almacenamiento a modo de mesa y sillas.

Ryell mordía el pan duro de centeno y recogía un poco del estofado con una cuchara de madera. Estaba compuesto principalmente de papas y otros tubérculos que no se echaban a perder fácilmente, pero él simplemente agradecía que hubiera bastante.

“Siempre agradezco que aquí nos den comida de verdad.”

“¿En serio?”, preguntó Zig. Había dejado de lado la cuchara de madera y estaba recogiendo el estofado con su pan.

“La mayoría de los grupos hacen que sus mercenarios se encarguen de conseguir su propia comida si no están en una misión. El nuestro es una rara excepción, aunque también sale de nuestro sueldo. Aun así, sigue siendo un buen trato, así que no me quejo.”

Por lo que Ryell podía decir, los grupos de mercenarios que cubrían los gastos de comida de sus tropas eran pocos y distantes entre sí, si es que existían.

“Las raciones que dan durante las operaciones son simplemente horribles. Carne seca dura y salada, y un pan tan duro que hace que este pan de centeno parezca esponjoso. Esa cosa es dura como una roca.”

“Ungh. Suena horrible.”

Zig intentó bajar el bocado de puré de papas con agua, pero tuvo problemas para tragarlo. Ryell suspiró y le dio parte de su agua.

“No se puede vivir con el estómago vacío”, dijo Zig con calma antes de continuar comiendo. Aunque esas palabras parecían una simple frase hecha, tenían mucho más peso al salir de la boca de un huérfano de guerra que alguna vez nunca supo si vería el día siguiente. “Hay que estar agradecido por el alimento que recibimos hoy.”



“Gracias por la comida”, dijo Zig cuando terminó.

“¡Eso fue rápido!”

Zig se frotó el estómago y se relajó con una expresión satisfecha en el rostro. “Hablas demasiado, Ryell. Deberías concentrarte más en comer.”

Puso sus cubiertos sobre la bandeja vacía y se levantó.

“Voy a ayudar a lavar los platos. Ayúdame con mi entrenamiento de espada cuando termine.”

“¿Otra vez? Está bien.”

El renacuajo — no, el chico estaba muy motivado, así que Ryell no podía relajarse. Al menos el entrenamiento de Zig era mucho más fluido en comparación con cuando recién había empezado a cuidarlo, e incluso Ryell encontraba que le resultaba beneficioso.

Es cuestión de tiempo antes de que me supere.

A Ryell no le molestaba. Sabía desde hacía mucho tiempo que el chico iba a superarlo en el manejo de la espada. Lo mejor que podía hacer ahora era enseñarle cosas aparte de la esgrima para llenar los huecos en sus habilidades. Por suerte para él, el torpe chico tenía muchas grietas que cubrir.

Como prueba de ello, Ryell mordió su pan y observó cómo Zig resbalaba y se golpeaba la cabeza contra la olla que estaba intentando lavar.

✦✦✦

Zig dejó su taza, sonriendo para sí mismo mientras recordaba el pasado. A pesar de haber acabado con su propio amigo, no podía olvidarse de él.

Ellos estaban siguiendo caminos diferentes; esa era razón suficiente para matar a Ryell.

No tenía arrepentimientos por haber acabado con él. No podía tenerlos. Si los tuviera, sería como lamentar a los incontables hombres que había cortado en batalla. Había decidido hacía mucho tiempo, desde que aquellos hombres lo recogieron, que dejaría los cadáveres de aquellos a quienes mataba en el pasado. Incluso tratándose de un amigo, no cambiaría sus principios.

“Aun así… quería tomar otra copa contigo, Ryell.”

Cuando se encontraba solo después de una misión, Ryell siempre era quien venía a beber con él.

“¿Este asiento está ocupado?”

Mientras rememoraba, Zig casi confundió a la figura que se había acercado con su viejo amigo.

“Hay otros asientos disponibles”, dijo Zig con frialdad, apartando sus sentimientos nostálgicos.

Observó al desconocido de arriba abajo. Tenía cabello rubio, piel pálida y parecía estar cerca de los treinta y tantos años. Al mirarlo más de cerca, su rostro era diferente al de Ryell, pero Zig ahora podía ver por qué aquel hombre le había recordado a Ryell. Sus túnicas lo hacían parecer algún tipo de sacerdote. Esa era la evaluación ligeramente ebria de Zig.

El hombre se sentó sin esperar a que Zig diera su consentimiento. “Este es el único asiento vacío junto a ti.”

“Oh.” Zig soltó un gruñido mientras miraba fijamente al hombre. Zig notó que el desconocido lo estaba observando atentamente. Sus pensamientos sentimentales habían provocado que bajara la guardia. Se reprochó por no haber notado antes la mirada del hombre vestido con túnicas. ¿Cómo un hombre tan peligroso había podido acercarse a él sin que se diera cuenta?

“¿Qué quieres?”

El hombre de las túnicas habló sin presentarse. “Vengo con una advertencia.”

No había hostilidad en sus ojos, sino más bien algo que parecía misericordia dirigida hacia una oveja perdida. Esos ojos le recordaban a Zig a los fanáticos religiosos que había visto en el campo de batalla; aquellos que creían en su propia justicia y llevaban a la gente a la guerra. Un tipo de personas a quienes no les importaba el derramamiento de sangre siempre que fuera por una causa noble.

Zig no tenía intención de juzgarlos. No eran muy diferentes de los mercenarios que mataban por dinero. Aun así, se había encontrado con suficientes fanáticos en el pasado como para saber que siempre traían problemas. Nada bueno podía salir de personas que no tenían ningún concepto de amigo o enemigo.

“¿Qué clase de advertencia?”, preguntó Zig.

No podía imaginar cuál podría ser. No sabía qué clase de dios seguía aquel hombre, mucho menos qué advertencia podía tener para un simple mercenario.

El hombre negó con la cabeza, como si estuviera decepcionado de que Zig no entendiera algo tan simple.

“No debes seguir relacionándote con los impuros. De lo contrario, terminarás conociéndolos demasiado bien.”

“No sé de qué me hablas. ¿Quién es impuro?”

“Los semihumanos,” dijo el hombre. “La verdad es que no debería tener que decir más.”

Los odiaba tanto que ni siquiera quería hablar de ellos. Zig supuso que este hombre era parecido a los aventureros que lo habían mirado con desprecio el otro día solo por hablar con Urbas. Solo otra persona que pertenecía a una religión que odiaba a los semihumanos.

“Son grandes pecadores. Sabiendo esto, intentan expiarse a sí mismos. Lo único que te pido es que no interfieras.”

Zig sonrió con sorna ante el hombre que soltaba doctrina. “Lo siento, pero no soy lo bastante puro como para meterme con los pecados ajenos.”

“Eso parece. Tú también cargas un gran peso sobre tus hombros.” El hombre negó con la cabeza, dándose por vencido con Zig, y se levantó sin hacer ruido. “Rezo para que nunca tengas que aprender las cosas que están fuera de tu alcance.”

Zig no se molestó en responder.

Las túnicas del hombre se mecieron mientras se ponía de pie y se alejaba. Observándolo partir, Zig estaba ahora más alerta que nunca. Aunque estuviera un poco borracho y el hombre hubiera ocultado su sed de sangre, Zig no había logrado detectarlo hasta que estuvo a su lado. Claramente, Zig no estaba en su mejor forma.

“Supongo que volveré.” Con su agradable embriaguez ya disipada, se levantó. No tenía ninguna intención de volver a hundirse en la borrachera.

Pagó, salió del bar y escaneó los alrededores. El hombre no se veía por ningún lado. El aire nocturno soplaba sobre Zig, enfriando su cuerpo caliente. Sintió a alguien que no era del todo humano y se giró hacia esa persona.

“¡Oh, Zig!”

Siasha también había reconocido a Zig de inmediato por su gran contextura. Su largo cabello negro se meció mientras se acercaba a él, y Zig pudo notar que algo bueno le había pasado por su ánimo animado.

“¿Ya terminaste el trabajo?”, preguntó Zig.

“Sí, ya está todo listo,” dijo Siasha. “Al final resultó más difícil de lo que esperaba.”

Lo primero que le vino a la mente a Zig cuando dijo eso fue la aventurera de alto rango con el cabello plateado y los ojos de dragón. De inmediato se llevó una mano al pecho para contener el dolor, lo que hizo reír a Siasha.

“¿Te volviste a lastimar? No puedes salir a beber cuando estás así.”

“No puedo negarlo. ¿Podrías curarme?”

Siasha se puso a su lado y enlazó su brazo con el de él. Zig se lo permitió sin protestar. Caminaron juntos de regreso a la posada.

Al final, ella se volvió hacia él. “Te lastimas apenas te quito el ojo de encima, pero supongo que así son las cosas. Es mi deber como tu clienta.”

Se puso a tararear, aunque Zig pensó que había malentendido sus responsabilidades como su protegida. Ahora mismo, ella no parecía tener ninguna intención de ocultar el gusto que le daba que él dependiera de ella. Era bastante inusual que fuera tan abierta con sus emociones. Cuando le contó los sucesos del día, incluso tenía una amplia sonrisa en el rostro.

“¡La verdad es que hoy puse en práctica las cosas que aprendí de ti! Estábamos vigilando una asociación comercial sospechosa, pero resultó más difícil de lo que parecía...”

Zig recordó de repente las palabras del hombre. No le interesaba si los semihumanos eran de verdad grandes pecadores. Sabía que discutir con gente que trazaba una línea tajante entre el bien y el mal era una pérdida de tiempo. Pero aun así le molestaba. Si los semihumanos eran grandes pecadores, ¿qué hacía eso de una bruja como Siasha?

Aunque parecía humana, todo lo demás en ella estaba envuelto en misterio. No se trataba de tener visiones del mundo diferentes, y tampoco había mucha diferencia en su composición fisiológica. Y sin embargo, era claramente distinta. Si los semihumanos eran tan malos, ¿qué eran las brujas? Se preguntó cómo respondería aquel hombre si le planteara semejante pregunta.

Siasha terminó su relato mientras Zig reflexionaba sobre sus preguntas inútiles. “¡Ahí fue cuando mi razonamiento deductivo se lució! Sabía que esos mercaderes asquerosos nos darían información si los atrapábamos.”

Le apretó el brazo con tanta fuerza que parecía que estuviera tratando de sacar el corcho de una botella de vino, mientras recalcaba cuánto había intervenido su razonamiento deductivo. Tal vez su estilo de investigación era algo así como usar un sacacorchos.

“Mm. Qué bien,” dijo Zig.

“¡Sí! Fue un día bastante productivo.”

Al ver su sonrisa radiante, decidió que los pequeños detalles realmente no importaban. Sin importar lo que ella fuera, eso no cambiaba lo que él tenía que hacer.

La luna brillaba sobre la pareja, proyectando sombras alargadas detrás de ellos. Retorcidos por dentro y por fuera como estaban, la sombra grande y la más pequeña siguieron caminando una junto a la otra.



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