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Majo to Youhei Volumen 3 capítulo 3

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Witch and the Mercenary volumen 3

No hay Camino por Delante


El sudor goteo de las frentes de los hombres mientras trabajaban a martillazos bajo el sofocante calor de su taller.

La mayoría de armerías que Zig había conocido eran casi fábricas, donde se fabricaba un número predeterminado de armas a un ritmo fijo. En la guerra, lo que más se necesitaba eran números — cien soldados rasos eran preferidos antes que un solo guerrero superior. Por esa razón, los herreros que se obsesionaban con una sola pieza eran tratados más como artesanos que como forjadores de espadas, pagados por individuos ricos para hacer decoraciones de oro sin gusto que serían atesoradas no como armas, sino como reliquias durante generaciones.

“¿Cuán rico tienes que ser para obtener una consulta directa?”, murmuró Zig para sí mismo mientras observaba a unos aventureros charlando con un herrero. Todavía no se acostumbraba a las costumbres de esas tierras.

El hombre y sus compañeros tenían miradas serias, y parecían estar en profundas negociaciones sobre encargar un arma personalizada. Habían traído algún tipo de materiales de una monstruosidad — por lo que parecía, cuernos rojos. Zig se preguntó qué pensaban hacer con ellos.

“Armas hechas de huesos o cuernos de criaturas vivientes, huh. Si no supieras más, pensarías que eran bárbaros o miembros de alguna tribu primitiva.”

A él casi le sonaba como un mal chiste que espadas de metal hechas de hierro o bronce fueran inferiores a los cuernos de animales salvajes. Pero incluso Zig estaba empuñando una de esas armas absurdas en estos días.

La doble hoja tenía cuchillas azules talladas de los cuernos de un enorme escarabajo bípedo con cuernos. Eran tan resistentes y confiables que Zig no tenía intención de ridiculizarlas por su origen insectoide. Para alguien con una fuerza extraordinaria como él, no había nada más valioso que un arma que no se rompiera.

Una guerra podía durar solo unos días si era corta, pero Zig nunca había estado en una en la que al final siguiera usando la misma arma con la que había empezado. No era que hubiera estado usando armas de mala calidad; es solo que cuando las espadas de hierro se blandían con la fiereza necesaria para atravesar directamente la armadura, no duraban mucho. Claro que no, ya que la armadura del enemigo estaba hecha del mismo material.

En vez de cargar un montón de armas de repuesto, era mucho más económico quitarle una al enemigo derrotado.

“Un arma que no se doble ni se rompa es como el sueño hecho realidad de un soldado— pensar que me encontraría con una en un lugar como este.”

La única desventaja era el costo excesivo, pero al menos los oponentes contra los que la usaba proporcionaban materiales que podían venderse a buen precio. Por otro lado, romper un arma cuando no tenías fondos podía arruinarte por completo. Era una apuesta de alto riesgo y alta recompensa.

Trabajar como aventurero se podía comparar con apostar. A Siasha no le gustaría, pero él entendía por qué algunos se conformaban solo con cazar Abejas Cuchilla, ya que les daba un ingreso constante.

En cualquier caso, Zig había ido a la armería para que revisaran su arma. El otro día se había topado con un Dragón Perforador de Riscos, y el tremendo impacto de bloquear un golpe de su cabeza en forma de pico había doblado el mango. Encima de eso, a cambio de darle un descuento en el guantelete mágico, Gantt le había pedido que le diera un informe detallado de cómo se sentía usarlo.

“Arreglé el mango doblado, y las hojas también estaban bastante desgastadas, así que las afilé para ti.”

“Te lo agradezco.”

Zig recuperó la espada gemela del carrito en el que había sido transportada, la guardó, y luego hizo unos cuantos cortes de prueba. Gantt había hecho un trabajo increíble. Zig no podía distinguir ninguna distorsión a lo largo de las cuchillas y el centro de gravedad estaba perfecto.

“No ha pasado mucho desde que compraste esa espada, pero parece que le estás dando bastante uso. ¿Cuántas monstruosidades has matado con ella?”

“Hmm… Para ser honesto, no lo recuerdo.”

“Dame aunque sea una estimación aproximada.”

Zig no podía simplemente ignorar una pregunta así de parte del creador de su arma, así que cruzó los brazos y buscó en su memoria. “Veamos. Creo que la primera vez que la usé fue durante la misión periódica de exterminio de Gusanos de Roca.”

“Oh, ¿sí? Escuché sobre eso. ¿No apareció un enjambre de insectoides con garras de sable?”

“¿Lo escuchaste? Sí, un montón de ellos aparecieron además de la otra manada con la que estábamos peleando. Al final terminé derribando a los insectoides en lugar de los Gusanos de Roca. Probablemente maté, hmm, unas dos docenas, más o menos.”

“Recientemente nos llegaron un montón de sus garras. Sus garras son extremadamente filosas, pero no muy resistentes, así que no sirven para hacer buenas armas. Terminamos convirtiendo todas en cuchillos. Son bastante populares.”

Gantt le pasó uno a Zig para que lo examinara. La hoja blanca afilada parecía estar muy bien trabajada.

“¡Aunque palidece en comparación con la agudeza de tu mirada, Zig!”

Zig le dio un corte ligero a la barba de Gantt. La hoja le afeitó un mechón a pesar de que Zig apenas había aplicado fuerza en el movimiento.

“Es cierto. Pude cortarlos sin mucha dificultad. ¿Qué pasa una vez que se rompen?”

“Esas garras vuelven a crecer increíblemente rápido. Probablemente en solo dos días ya están a su largo completo otra vez. ¿Crees que lo mismo se aplique a mi barba?”

“No podría decirlo,” respondió Zig con voz fría mientras Gantt se acariciaba la barba con nostalgia. “He peleado contra unas cuantas especies desde entonces, incluidos los lagartos. Así que, quizá unas treinta en total, y ese tipo.”

“Eso es mucho para tan poco tiempo— espera, algo en esa descripción suena raro.”

Usando una pieza de armadura bien pulida, Gantt sostuvo el cuchillo en una mano y recortó los lados de su barba. ¿Quizá solo había escuchado mal lo que Zig dijo? Dejando el pensamiento de lado, siguió arreglándose, ajustando varias veces el ángulo hasta que quedó satisfecho con el resultado.

“En fin, estaba razonablemente confiado en la durabilidad de tu arma. ¿Qué demonios le hiciste?”

“Oh, pasó cuando la usé para recibir el golpe de la cabeza de un Dragón Perforador de Riscos.”

*¡Ras!* Al mirar hacia un lado, Zig vio que Gantt había arrancado un par de mechones de la barba que acababa de arreglarse. Le lanzó a Zig una mirada atónita, sin importarle en absoluto que su barba estuviera otra vez desordenada.

“¿Eres idiota o qué? ¿De verdad tenía que deletrearte que no podías recibir un golpe directo de un dragón cuando te expliqué cómo usar esta arma?”

“Fue una situación de emergencia. No es que planee hacerlo de nuevo.”

“Aun así, tiene que haber un límite, ¿no?”, suspiró Gantt con exasperación, aunque parecía bastante satisfecho con el resultado. “Bueno, nada menos se puede esperar de un arma que yo forjé. Así que, señor mercenario, ahora que tus bolsillos rebosan de la recompensa por ese Dragón Perforador de Riscos, ¿cuánto vas a contribuir a mis ventas?”

Le dio a Zig una mirada expectante y hurgó un poco antes de sacar otro ítem mágico de aspecto extraño. Parecía una greba forjada del mismo material que su guantelete, pero Zig no estaba dispuesto a andar lanzando ondas de choque con la pierna.

“Agarré esta pieza hace poco, y ya casi se pagó sola,” dijo Zig, mostrándole el guantelete en su brazo.

No era como si tuviera ingresos para mejorar su equipo cada vez que ganaba dinero. No solo su armadura se rompía con frecuencia, sino que sus gastos en comida eran mucho más altos que los de la gente normal.

Si bien era cierto que ganó una buena suma vendiendo los materiales del Dragón Perforador de Riscos, las ganancias no alcanzaban para cubrir el costo total de su ítem mágico. No había forma de que pudiera permitirse otro tan pronto.

“Tacaño de mierda,” dijo Gantt chasqueando la lengua. Solo estaba probando suerte, así que Zig no iba a ponerse demasiado agresivo por eso.

“No seas así. Además, ese dragón fue el oponente perfecto para probar esto. ¿No quieres escuchar cómo me fue?”

La cara de fastidio de Gantt se transformó al instante en una expresión soñadora. “¡¿Por qué no dijiste eso antes?! ¿Cómo te fue?”

Parecía bastante emocionado por escuchar cómo su creación había demostrado ser útil.

“No pudo penetrar el caparazón del Dragón Perforador de Riscos, pero sí lo quebró. Aunque no causó ningún daño más allá de eso.”

“Ah… probablemente debería haberme esperado algo así. ¿Algo más digno de mención? Lo que sea, algo malo o algo que te haya gustado mucho.”

“Bueno, un impacto significativo provoca un rebote considerable. Con ese nivel de fuerza, incluso alguien con bastante entrenamiento no podría contenerlo del todo. Yo creo que dominar la redirección de ese impulso es más importante que intentar suprimir el retroceso a la fuerza.”

Gantt fue anotando una por una las impresiones y observaciones de Zig.

“Además, no recomendaría usarlo en un área con terreno inestable. Cualquiera con poco peso corporal saldría volando incluso aunque reforzara su fuerza.”

Zig había recibido un generoso descuento por el ítem, así que estaba dispuesto a responder con detalle a las preguntas del herrero.

“Heh, eso sería todo. Muy agradecido.” Gantt parecía estar dándole vueltas a formas de mejorar el ítem mientras revisaba el papel lleno de notas que había tomado al interrogar a Zig. “Parece que la fuerza es el mayor problema…”

“Estoy bastante seguro de que al usuario se le va a dislocar el hombro si subes más la potencia…”

Gantt parecía tener la mala costumbre de obsesionarse con un solo aspecto del rendimiento. Como con la espada gemela, por ejemplo. No es que su funcionalidad no fuera fantástica, pero era como poner el carro delante del caballo si no había demanda para sus creaciones.

“¿Y si hago que los principiantes se acostumbren primero con un guantelete de bajo retroceso antes de pasarlos a uno con más potencia?”

“Claro, eso estaría bien… si hubiera principiantes muriéndose de ganas por pelear cuerpo a cuerpo con una monstruosidad.” La actitud de Zig dejaba claro que no era el caso, pero Gantt lo miró pensativamente.

“¿Me ayudarías a promocionarlo? Creo que más gente se animaría a probar mi creación si vieran lo espectacular que te está resultando a ti.”

“No digas tonterías. ¿De verdad crees que alguien cambiaría su arma preferida solo por verme usarla?” Zig se veía desconcertado; esto no era una moda ni una obra de teatro de la que estuvieran hablando.

Gantt, sin embargo, llevaba una expresión solemne. “Te sorprendería lo en serio que la gente se toma esas cosas. Muchos aventureros se inclinan hacia ese aspecto de ‘dar la pinta’. Mira, el otro día un novato del Clan Wadatsumi vino a pedirme si podía blandir una espada de doble filo.”

Al recordar la historia, Gantt casi lloraba… pero de risa. Golpeó su escritorio mientras explicaba cómo le había dado al joven una espada con las hojas rotas para que probara, y este se había marchado enseguida, adolorido, tras golpearse la espinilla.

“¡Qué espectáculo fue ese! Así que es totalmente creíble que alguien agarre un arma especializada de la nada después de usar solo una espada básica.”

Era una afirmación cruel, pero no estaba equivocado. Zig había aprendido esa dolorosa lección incontables veces. También le había ayudado mucho que su base viniera del uso de una lanza. La espada gemela funcionaba de un modo similar al manejo de armas largas como lanzas o alabardas.

Si intentabas blandir la espada gemela como si fuera una espada larga, lo único que conseguías era golpearte la pierna. Zig respetaba que Gantt no endulzara la dura verdad sobre aprender a usar el arma solo para hacer una venta.

“Me pregunto si promocionar un objeto de verdad tendría algún efecto…”

“No lo entiendes, ¿verdad? He tenido gente que viene a pedirme que les haga una katana como la de su ídolo, ¡la Princesa del Rayo Blanco! Claro, la mayoría se rinde cuando escucha el precio y lo difícil que es de manejar.”

Así que incluso Isana tenía admiradores.

Es cierto, mientras mantuviera la boca cerrada, ella parecía una aventurera de alto rango, serena y hermosa, maestra de la espada. Dependiendo de cómo se viera, su inmadurez emocional podía interpretarse como una especie de aire distante que mantenía a los demás a raya.

Él solo deseaba que hubieran podido verla esa mañana, sin aliento y resoplando como una soldado novata cuando corría a toda velocidad.



“¿Zig?”

Zig seguía discutiendo con Gantt los planes de publicidad y mejoras para su guantelete cuando alguien lo llamó desde un costado.

El hombre era un poco más bajo que Zig, aunque de complexión grande. Su piel estaba cubierta de brillantes escamas verde oscuro, y un destello de lengua roja asomaba desde su enorme boca. Miraba a Zig con una expresión confundida.

Era el mismo hombre escama al que Zig había ayudado el otro día, Urbas del Clan de la Escama Verde.

“Oh, Urbas. ¿También viniste a que ajusten tu arma?”

“Sí. El Dragón Perforador de Riscos fue duro,” respondió él, dejando caer los hombros con desánimo mientras daba unas palmadas a la espada curva que colgaba de su cintura. “Mi hoja sufrió bastante daño…”

El equipo de Urbas consistía en una espada curva y un escudo redondo. Su arma era gruesa y pesada, con la hoja blanca hecha de algún tipo de hueso. Su escudo redondo era bastante grande, lo suficiente como para cubrir la mayor parte de su cuerpo si se agachaba detrás de él.

“¿Y la tuya, Zig?”, preguntó, posando sus pupilas largas y estrechas sobre la espada gemela.

“Sí. Parece que tratar de bloquear ese ataque tan poderoso con mi espada no fue tan buena idea. El creador quedó bastante horrorizado cuando se lo conté.”

“Esa es una reacción normal. Aunque el arma no sufra daño, el usuario no correría con la misma suerte. No seas tan imprudente.”

“¿Ves? ¡De esto estoy hablando! Una reacción normal.”

Zig se sintió un poco decepcionado al descubrir que alguien con una constitución tan resistente como la de Urbas tampoco le daba su aprobación. El hombre lagarto se le acercó con cautela, estudiándolo de arriba abajo.

“¿De verdad estás bien? ¿No sientes nada raro?” La preocupación de Urbas parecía genuina, y el hecho de que se acercara tan despacio probablemente significaba que estaba intentando no incomodar a Zig.

No tiene por qué actuar así…

Bueno, pensándolo bien, tal vez sí. Esa cautela no era una exageración por parte de Urbas, teniendo en cuenta lo que Zig había presenciado esa mañana en el mercado.

“Estoy bien. Solo tuve algo de entumecimiento en los brazos justo cuando pasó.”

“Sí, eso no es nada que Zig no pueda manejar,” lo reprendió Gantt. “Pero trata bien a tu arma, ¿entendido?”

“Claro que lo haré, pero ¿por qué demonios me molesta tanto escucharlo de ti?”

Ah, así que a esto se refieren cuando dicen que alguien tiene “malas vibras”.

Zig no se molestaba cuando otros lo insultaban o se burlaban de él, pero por alguna razón las palabras de Gantt se le metían bajo la piel.

“¡Porque te di en el clavo! No puedo creer que estés de mal humor solo porque acerté. ¿No crees que es ridículo que un tipo grande como tú tenga la mente tan pequeña?”

Zig no intentó responder. Tenía muchas ganas de arrancarle un buen puñado de barba al sujeto, pero se contuvo, porque eso solo probaría el punto de Gantt.

“Entonces, espera,” continuó Gantt, “¿eso significa que los materiales del Dragón Perforador de Riscos que recibimos ayer eran tuyos?”

“Así es,” dijo Urbas. “Formalmente estaban bajo nuestro nombre, pero Zig y Siasha nos ayudaron.”

Habían reportado que Urbas y su grupo fueron quienes derrotaron a los Dragones Perforador de Riscos, solo por conveniencia. Como eso hacía difícil distribuir abiertamente los materiales, terminaron vendiéndolos y luego dividiendo el dinero obtenido.

“Interesante. ¿Así que no te molesta tratar con semihumanos, Zig?”

“Cualquiera que desenvaina su espada contra mí es un enemigo, pero si paga, es un cliente. Tener escamas o pelaje no es un problema.”

Lo mismo va para ti, ¿cierto?, le preguntó Zig con la mirada a Gantt, pero el hombre no respondió. En lugar de eso, tomó el equipo de Urbas y empezó a inspeccionarlo.

“Supongo,” concedió al fin Gantt. “No soy quisquilloso mientras me paguen. Ah, pero con gusto echaré a cualquiera que me pida un arma inadecuada.”

“Te agradecemos la ayuda,” dijo Urbas.

No parecía que Gantt estuviera forzándose a ser cordial. Para él, la herrería era lo primero, y todo lo demás quedaba en segundo plano. Además, era poco probable que ese excéntrico artesano tuviera la capacidad de fingir tan bien. Incluso sin preguntar, los verdaderos sentimientos de Gantt se reflejaban en el equipo que creaba.

La espada curva de Urbas tenía un mango diseñado para adaptarse a una mano distinta de la humana. Su equipo protector le quedaba perfecto, hecho a la medida para ajustarse con precisión a su cuerpo no humano. Uno de los rasgos más notables estaba en los pies: sus dedos con garras sobresalían de la armadura, pero estaban cubiertos arriba y abajo con piel de monstruosidad para asegurarse de que quedaran totalmente protegidos.

Gantt podía tener una personalidad exasperante, pero era un artesano que siempre hacía bien su trabajo.

“Bonita espada curva la que tienes”, comentó Zig. “¿De qué materiales está hecha?”

“Este es el colmillo de un Jabalí Acorazado, y mi escudo está tallado de su armadura. Es una pieza fina.”

No importaba su especie, Urbas seguía siendo un aventurero. Estaba complacido de que elogiaran su equipo.

“¿Jabalí Acorazado? He oído hablar de eso antes.”

Gantt ofreció un poco más de información sobre las propiedades del material.

“Si alguno de esos pocos llega a vivir lo suficiente para hacerse enorme, se convierte en una monstruosidad al nivel de los Dragones Perforador de Riscos. Los colmillos no son los más afilados, pero su resistencia no tiene comparación. Además, son sorprendentemente ligeros y soportan muy bien los grabados mágicos.”

“Sin esto ya me habrían acabado… tal vez”, dijo Urbas. “Fue caro, pero me alegro de haberme actualizado.”

“No es fácil dar con un espécimen con un colmillo tan excelente. Vaya susto me llevé cuando alguien lo trajo para vender no hace mucho.”

La afirmación de Gantt despertó un recuerdo en Zig.

Supongo que a eso lo llamarían un encuentro con el destino, pensó para sí mismo.

Aunque la historia le sonaba familiar, permaneció en silencio. Todavía existía la posibilidad de que estuviera siguiendo la pista equivocada. Sacar el tema se sentía algo descortés.

“Y ni siquiera aprovecharon la solicitud del gremio. Fue una oportunidad desperdiciada, considerando que ofrecían un millón de dren por acabar con él.”

Nop. Zig no iba a decir ni una palabra. Esa última revelación impactante echó por tierra cualquier sentimiento positivo que pudiera haber tenido.

✦✦✦

Sería mentira decir que Zig no se sorprendió. Había asumido que cualquier interferencia que sus enemigos intentaran sería basura cuando se trataba de Siasha.

Al principio solo parecía una cadena de mala suerte.

El bibliotecario estaba desconcertado porque los volúmenes siguientes de la serie de libros de magia que Siasha estaba leyendo, siempre eran prestados por personas que normalmente no leían ese tipo de tomos.

“Sé que no debería decir esto, pero son bastante rudos con los libros.” El bibliotecario, amante de los libros, soltó una risa incómoda mientras se rascaba la cabeza. “En realidad me da cosa prestárselos a esa gente.”

Sus sentimientos eran comprensibles. Aunque la mayoría de los libros eran copias transcritas, no eran en absoluto baratos. Era imposible exagerar la importancia de preservar el conocimiento en una forma tangible en lugar de transmitirlo solo de manera oral.

Al escuchar la noticia, Siasha gruñó para sí misma.

“Qué mal, ¿no?”, dijo Zig.

“¡Lo que sea! Solo tendré que volcarme en el trabajo por ahora.”

Ella estaba molesta porque no podría leer todos los libros que ahora estaban a su alcance como aventurera de Séptima Clase, así que trató de cambiar de mentalidad y enfocarse en completar nuevos trabajos en su lugar. Visiblemente desanimada, se dirigió hacia el tablón del mostrador de recepción para buscar una solicitud adecuada.

La situación no mejoró mucho a partir de ahí.

“¿H-huh?”

Las solicitudes que había planeado aceptar ya no estaban disponibles. Todo lo que pagaba bien o que le gustaba hacer había desaparecido. Desanimada, revisó las publicaciones restantes, pero todo lo que encontró fueron aburridos trabajos de exploración o de recolección.

Una vez más, no podía enojarse demasiado. Las solicitudes de aventureros eran por orden de llegada. Los trabajos con buena paga obviamente volaban rápido. Ser demasiado lenta era culpa suya.

Trató de cambiar de mentalidad otra vez. Tal vez podría enfocarse en solicitudes que le dieran reputación con el gremio en lugar de las que pagaban bien.

“¿Por qué?”, gimió ella.

Todos esos trabajos también habían desaparecido. Estaba empezando a ponerse nerviosa y casi parecía al borde de las lágrimas.

Zig la observaba en silencio. Las solicitudes que daban reputación con el gremio eran aquellas que no pagaban bien o que implicaban alto riesgo. En otras palabras, el valor de tasación era alto para compensar solicitudes que de otro modo no valdrían la pena. Eran raras, pero no tanto como para que no hubiera ninguna. Sería difícil descartar la desaparición de todas las solicitudes dirigidas a aventureros de Séptima Clase como una simple coincidencia.

La advertencia que había recibido del anciano el otro día le rondaba la mente a Zig.

“Ziiiig…”

Lo devolvió al presente la voz temblorosa de Siasha. Ella tenía miserablemente apretada en su mano una sola solicitud. Lo único que había quedado era una petición periódica de exterminio, de esas que se publicaban para monstruos como las Abejas Cuchilla.

Zig se encogió de hombros y le dio una pequeña palmada en la cabeza a Siasha, tratando de consolarla en silencio.

Witch and Mercenary Volumen 3

Sin más remedio que aceptar esa solicitud, terminaron el aburrido y monótono trabajo antes de volver a casa.

Había incluso más gente esperando para exterminar Abejas Cuchilla que la vez anterior, así que tardaron una eternidad en que llegara su turno, y cuando lo hizo, fue una tarea más fácil que cortar hierba. No requería mucho esfuerzo y podía completarla cualquiera con un mínimo de habilidad: apenas un trabajo digno de alguien llamado aventurero.

“¡Mañana me aseguraré de conseguir una solicitud de verdad!”

Decidida, Siasha apretó el puño con determinación. Mientras tanto, Zig le peinaba el cabello, intentando calmar su mal humor.



Llegaron al gremio temprano al día siguiente para revisar el tablón de solicitudes, pero los resultados seguían siendo los mismos. Pasaron la mayor parte del día esperando su turno para exterminar Abejas Cuchilla, completaron la tarea enseguida y luego volvieron a casa.

Esto continuó durante tres días seguidos.

“¡¿Qué demonios está pasando?!”

Siasha estaba indignada mientras aplastaba a una Abeja Cuchilla como si la hubiera ofendido personalmente. El trabajo de aventurera, tan simple y monótono, era más que suficiente para hacerla hervir de ira.

“No creo que podamos dar esto por coincidencia.”

“¡¿Entonces por qué no les preguntamos directamente?!”, gritó Siasha, despotricando sin importarle en lo más mínimo los sentimientos de los otros aventureros que también estaban allí por las Abejas Cuchilla. “¡Yo no me hice aventurera para esto!”

“¡Oye, cuida tu boca! ¡No hables en grande solo porque tienes un poco de talento! Enfrentarás las consecuencias si nos menosprecias.”

Tal como antes, los aventureros descontentos no se contuvieron al expresar sus quejas. La diferencia esta vez era que Siasha estaba de un humor horrible.

Zig reaccionó en cuanto el olor penetrante le golpeó las fosas nasales. “Siasha, espe—”

Intentó detenerla, pero ya era demasiado tarde. Sus palabras cayeron en oídos sordos mientras ella agitaba la mano, haciendo que el brazo de tierra que había conjurado golpeara el suelo.

*¡BOOOOM!*

Un estruendo ensordecedor retumbó por todos lados, los árboles sacudiéndose violentamente por el impacto. Los Calamares Celestes que se escondían entre las ramas cayeron al suelo, y las Abejas Cuchilla, al percibir el peligro, huyeron de vuelta a su colmena como si temieran que hubiera aparecido una monstruosidad poderosa.

Cuando el polvo se disipó, el aventurero debería haber quedado tan destrozado que ni sus padres lo reconocerían — pero no fue así. En cambio, el suelo se había hundido unos centímetros justo frente al aventurero, que estaba ileso, aunque desplomado en el piso y aturdido.

“Ups, tenías un mosquito encima. Eso estuvo cerca.” Siasha sonrió ampliamente mientras le informaba al aventurero que lo había salvado de la picadura.

Él pareció volver en sí en cuanto ella le habló. Aún sentado en el suelo, comenzó a patalear frenéticamente, retrocediendo mientras le gritaba:

“¡¿Qué demonios, perra?! N-no te atrevas a pensar que te vas a salir con e—”

Probablemente no era la mejor idea.

“Oh no, hay otro mosquito,” lo interrumpió Siasha, frunciendo el ceño como si hubiera visto algo doloroso. “Está en tu mejilla esta vez. No te muevas, ¿okay? Yo me encargo.”

Su bello rostro se nubló de arrepentimiento mientras levantaba la mano hacia el costado de su cara como si fuera a abofetearlo. El brazo de tierra flotaba a su lado.

“¡Gaaah! ¡V-voy a denunciarte en el gremio!”

“Está haciendo un zumbido tan molesto. Quiero silenciarlo de inmediato. ¿No lo crees también?”

La enorme mano se acercaba lentamente mientras ella daba un paso más. Si golpeaba la cabeza de un humano, la aplastaría hasta volverla irreconocible.

“Enfrentaré las consecuencias si menosprecio a otros aventureros… Ese fue tu consejo como mi superior, ¿no?”, dijo Siasha con una dulce sonrisa, mirándolo fijamente con sus ojos azules.

Al comprender la implicación de sus palabras, él tiró inmediatamente su orgullo y negó con la cabeza, desesperado.

“¡Claro que no estaba—! Digo, ¡no te estaba menospreciando!”

“¿Ah, sí? Mis disculpas por haber sacado conclusiones apresuradas. Yo tampoco te estaba menospreciando. Solo me di cuenta de que también se necesita cierto talento para seguir haciendo un trabajo tan monótono. Así que…”

Aun sonriendo, extendió el brazo. El brazo de tierra rozó el rostro del hombre, que se estremeció por la sensación áspera. Ella cerró lentamente el puño, y el brazo de tierra la imitó, cambiando de forma hasta rodear su cabeza.

“Y-ya para…”, gimió el aventurero.

“Entonces, ¿harás algo con ese molesto zumbido por mí?”



“Fuiste demasiado lejos.”

“P-pero…”

“Nada de peros.”

Zig no pudo evitar sentir un poco de lástima por el aventurero mientras lo veía salir corriendo en pánico. El credo de los aventureros se basaba en la meritocracia. Y aunque era cierto que la parte más débil estaba equivocada al arremeter así, el nivel de peligro que había enfrentado por una infracción tan pequeña merecía cierta simpatía.

Habiendo pensado eso, Zig reconsideró su postura.

Recordó cuando recién habían llegado a esa ciudad. Teniendo en cuenta cómo Siasha había eliminado sin dudar a cualquiera que la amenazara, merecía cierto crédito por haberle perdonado la vida al hombre, sobre todo considerando lo malhumorada que estaba y que él no había podido detenerla a tiempo.

¿Se suponía que el hecho de no lanzarse directo a matar y quedarse solo en amenazas se consideraba crecimiento personal?

Más que reprenderla, quizá Siasha merecía algunas palabras de elogio de vez en cuando. Aunque, Zig se preguntó si ese pensamiento retorcido era producto de su crianza o si simplemente estaba loco.

“Hiciste un buen trabajo conteniéndote. Estoy orgulloso de ti.”

Siasha soltó una risita. “¡¿Verdad que sí?!”

La pareja era muy parecida a un perro arrogante con un dueño negligente que daba recompensas sin pensarlo demasiado.



Después de informar sobre su trabajo del día en el mostrador de recepción, Siasha descubrió que no era la única en un aprieto. Se estaban aceptando solicitudes, pero luego no había reportes de éxito o fracaso, así que el gremio no podía volver a publicarlas porque terminarían siendo duplicadas. Justo cuando parecía que esas solicitudes se aceptaban solo para reclamarlas, se presentaba una penalidad por no cumplir o un reporte de éxito justo en el momento en que el encargo estaba a punto de cerrarse.

Era evidente que lo estaban haciendo intencionalmente, pero lo que no estaba claro era por qué.

“Suena a acoso,” comentó Zig.

Recordó a los aventureros con los que había tenido problemas en el gremio unos días atrás. Pensó que tal vez intentarían hacer la misma porquería, pero no esperaba que lo hicieran de una manera tan indirecta. Aunque él no tenía problemas en manejar cualquier daño directo, ellos estaban jugando un juego mucho más molesto.

Siasha consultó con Sian, una de las recepcionistas del gremio, sobre lo que estaba pasando.

Ella reaccionó golpeando la mano contra el mostrador, con las cejas arqueadas de furia. “¡Es tan molesto que esto siga pasando!”

Bueno, eso era comprensible. Las mayores víctimas en todo esto eran los administradores del gremio que tenían que llevar a cabo los procedimientos y dar seguimiento a las solicitudes para verificar su progreso.

Siasha no decía nada, así que Zig habló en su lugar: “¿El gremio no puede darles una advertencia?”

Zig normalmente esperaba a un lado mientras Siasha hacía su reporte, pero esta vez la acompañó porque estaba preocupado por ella y quería enterarse más de lo que estaba ocurriendo.

Sian finalmente dejó de golpear el mostrador con frustración; su ceño estaba profundamente fruncido mientras negaba con la cabeza. “Formalmente hablando, no han violado el protocolo del gremio. Han aceptado las solicitudes y ya sea las completan dentro del plazo o pagan la multa si no lo hacen. Mientras no les importe que su reputación caiga en picada, el gremio no puede tomar acciones drásticas.”

“Hmm… Supongo que no es como si al gremio se le hubiera ocurrido poner reglas para que unos idiotas no pudieran abusar del sistema para acosar a aventureros individuales”, dijo Zig.

“¡Claro que sí, pero esto es absurdo! ¡Partidas que usualmente aceptan trabajos como grupo de varios miembros ahora están tomando solicitudes de manera individual! ¡Y ni hablar de que un clan entero lo está haciendo, haciendo que todo desaparezca!”, gritó Sian, furiosa.

Sian volvió a golpear el mostrador con ambas manos, haciendo un fuerte *¡bang!*. Su habitual carácter alegre había desaparecido, reemplazado por un ceño fruncido y palabras rabiosas que parecían salir de su boca como espuma. No solo el procesamiento innecesario aumentaba su carga de trabajo, sino que este comportamiento absurdo también era una molestia para los demás aventureros. Estaba enfurecida más allá de lo creíble.

“Está bien, perdón por sacar el tema. Solo cálmate, ¿sí? No dejes que tu carita linda se desperdicie,” dijo Zig, intentando apaciguarla mientras le limpiaba un poco de saliva que se había quedado en la comisura de la boca, imitando lo que había visto hacer a algunos de sus colegas mercenarios.

“¡Ya basta con los halagos baratos! ¡¿De verdad crees que alguna mujer va a calmarse solo porque le digas que es linda?! ¡No voy a caer con tus cumplidos insinceros!”, gritó Sian, aún más molesta.

Witch and Mercenary Volumen 3

Por desgracia, la expresión estoica de Zig no produjo los mismos resultados que él había visto obtener a sus superiores. De hecho, solo echó más leña al fuego. No debería haberse aventurado en un terreno que no conocía, porque no sabía cómo manejar a Sian en ese estado. Era como un lobo grande sin saber qué hacer después de que un cachorrito intentara pelear con él. Zig miró al resto del personal buscando ayuda, pero todos fingieron estar ocupados y evitaban hacer contacto visual con él.

Él estaba pensando qué hacer —las quejas de Sian entrándole por un oído y saliéndole por el otro— cuando finalmente llegó ayuda.

“¡Ya basta contigo!” De la nada, un brazo salió desde atrás de Sian, agarrándola del cuello de la camisa.

“¡Gah!”

La tela de la ropa de Sian se apretó alrededor de su cuello, cortándole la respiración. Aunque no perdió el conocimiento, su rostro perdió todo color. Empezó a toser, deteniendo así su bullicioso berrinche.

“¿Qué crees que estás haciendo desquitándote con él? ¡No deberías dejarte llevar aprovechándote de su paciencia! Lamento mucho esto, señor Zig.”

Aoi había intervenido de repente, obstruyendo las vías respiratorias de su colega menor sin mostrar el más mínimo cambio de expresión. Luego empujó a la jadeante y débil Sian detrás de ella mientras daba una pequeña reverencia y tomaba su lugar.

Zig soltó un suspiro de alivio en silencio. Por fin alguien que sabía de lo que hablaba.

“Uh, está bien. No es como si yo fuera un aventurero. En fin, ¿cuál es la postura del gremio en todo esto?”

No era una violación de las reglas. Sin embargo, permitir que este comportamiento continuara sin control significaría que el gremio estaba siendo aprovechado, y eso podía empañar su reputación como organización. Incluso si la percepción era que permitían cualquier cosa siempre que no se rompieran las reglas, no tendrían bases para quejarse.

Aoi asintió como si fuera lo más obvio y lo miró fijamente con una fría seriedad. “Actualmente estamos informando de este asunto a la gerencia superior. En un futuro no muy lejano, se impondrá una advertencia severa y una penalización a cualquiera que abuse deliberadamente de las reglas.”

“Se están moviendo más rápido de lo que esperaba.”

Mientras más grande era una organización, más tardaban en actuar. Más personas involucradas significaban más opiniones e ideas, además de choques entre distintos objetivos.

Para ser sincero, Zig pensaba que iban a tardar en responder. Había asumido que podría haber supremacistas humanos que no apreciaran que él y Siasha ayudaran a los semihumanos, y que se entrometerían para que la situación no se resolviera.

La recepcionista del gremio bajó la mirada tras lo que dijo Zig y respondió: “Lamento mucho decirlo, pero no creo que se hubiera alcanzado una resolución tan rápido si la única afectada hubiera sido la señorita Siasha.”

“Sií, tiene sentido.”

El gremio no tenía tiempo de sobra para preocuparse solo por una aventurera, incluso si era una novata prometedora como Siasha.

“Tenemos una gran cantidad de aventureros de Séptima Clase, y hemos recibido quejas de muchos de ellos, no solo de la señorita Siasha.”

Era de esperarse. Las acciones de quienes los acosaban eran demasiado cortoplacistas. Quienquiera que estuviera detrás de todo eso debería haber sabido lo que iba a pasar, si tuviera dos dedos de frente. Zig no podía evitar dudar de ese comportamiento tan repentino y demencial, aunque decidió dejar esos pensamientos de lado por el momento.

“Además, ese cuatro ojos intrigante… digo, los que están a cargo de la verdadera gestión del gremio detestan este tipo de prácticas,” murmuró Aoi.

“¿Oh, sí?”

La expresión de Aoi vaciló por apenas un instante. Zig, más que interesado en su explicación, ahora quería saber qué tipo de persona podía sacarla de sus casillas.

“Lamento las molestias, pero le pido un poco más de paciencia.”

Su expresión se estabilizó y bajó la cabeza, como si no quisiera que él viera más de sus pensamientos internos.

“Mm.”

Zig no podía realmente discutir cuando ella lo planteaba de esa forma. Aunque era molesto, parecía que el gremio se encargaría de todo, así que las cosas deberían volver a la normalidad si se tomaban un pequeño descanso.

Sin embargo, esa decisión estaba en manos de su cliente: Siasha.

Hablando de ella, había estado callada todo este tiempo. Al darse cuenta de eso, Zig la miró para ver qué pensaba al respecto.

Inmediatamente se arrepintió de esa decisión. Al parecer, había cometido un grave error de juicio.

Había asumido que su enojo no solo venía del trabajo monótono que la habían obligado a hacer, sino también de entender que la gente del otro día estaba detrás de la interferencia. Con lo descarado que era su comportamiento, ¿cómo no iba a notarlo?

Siasha estaba acostumbrada a que le dirigieran malicia, pero esos eran odios directos, nacidos del deseo de matarla, basados en un puro odio hacia los de su clase. No había forma de confundir la hostilidad entre humanos y brujas. En cambio, las hostilidades indirectas como la envidia o los celos le eran ajenas.

En otras palabras, su ingenuidad significaba que no había hecho la conexión entre acoso y el hecho de sentir celos del éxito de alguien. Zig le dio una larga explicación sobre eso, pero al final — ella simplemente estaba furiosa.

“¿Lo que estás diciendo es que esa basura del otro día me está fastidiando? ¿Qué hicieron todo eso solo porque no les gustó que ayudara a un semihumano? ¡Ha! ¡Bwa ha ha ha!

“¿S-Señorita Siasha?”

Siasha siguió riendo y riendo. Al principio, su risa sonaba divertida, luego incómoda y finalmente furiosa.

Ella estaba divertida porque se habían interpuesto en su camino por una razón tan trivial a pesar de su propia debilidad. Estaba incómoda porque no se había dado cuenta de la malicia dirigida hacia ella. Pero, por encima de todo, estaba furiosa.

“Umm... ¿Siasha?”, preguntó Zig.

Ella nunca había sabido lo exasperante que podía ser que le bloquearan el camino, impidiéndole lograr sus objetivos. Mirando hacia atrás, había sentido odio y rencor antes, pero nunca tanta ira.

“Oh, Ziiiig,” dijo ella con una voz cantarina.

“U-uh, ¿qué pasa?”, respondió Zig, perturbado por la sonrisa aterradora que iluminaba su rostro.

Sus pupilas estaban dilatadas, y lo único que podía hacer era reír, porque no sabía cómo manejar de otro modo sus emociones desbordadas. Incluso aunque Zig ya se había acostumbrado a mirarla a los ojos, esa sonrisa todavía lo asustaba un poco.

“Acabo de recordar que hay algo que necesito hacer. ¿Vendrás conmigo?”, preguntó ella.

“Todo con moderación... ¿verdad?”, contestó Zig.

Él no era tan tonto como para preguntar qué iban a hacer. La verdadera cuestión en ese momento era hasta dónde estaban dispuestos a llegar.

No iba a intentar detenerla. Podía parecer un hombre tranquilo, pero eso era porque detestaba los conflictos innecesarios o gastar esfuerzo de más. Sin embargo, en el fondo era un mercenario que resolvía los problemas con fuerza. No recurría a la violencia sin motivo, pero eso no significaba que dudara en usarla si las circunstancias lo exigían. De hecho, ya había pensado que pelear sería necesario en esta situación. Tontos tan miopes no dejarían de comportarse mal solo porque los castigara el gremio.

“¿Qué opinas? ¿Hasta dónde deberíamos llegar?”, preguntó Siasha.

“A medio morir, Siasha. Solo a medio.”

“¡Oh, ya sé! Podríamos hacer un espectáculo colgando sus cadáveres en algún sitio.”

“¿Qué son, cuervos? Y en ese caso tendrían que estar totalmente muertos.”

“¿Hm? Pensé que íbamos a dejar a la mitad con vida,” dijo Siasha, confundida.

Zig no pudo evitar sentirse un poco impresionado. El hecho de que ella interpretara “a medio morir” como mantener con vida solo a la mitad de sus víctimas decía mucho sobre cómo las brujas cuantificaban las vidas humanas.

Mientras tanto, el color había desaparecido por completo del rostro de las dos recepcionistas del gremio mientras escuchaban la conversación. Recuperándose al fin, Sian trató desesperadamente de detenerla.

“¡No, no, no! ¡No puedes matar a nadie! Sí, hicieron algo malo, ¡pero no puedes deshacerte de ellos! ¡Ahí no hay discusión posible!”

“Señorita Siasha, nosotras nos ocuparemos de la situación lo antes posible,” añadió Aoi, con un leve tic en el rostro. “Así que le pido por favor que actúe con racionalidad.”

Ninguna de las dos estaba tomando lo que Siasha había dicho como una broma. Zig, que usualmente actuaba como su amortiguador, parecía haberse rendido. Más que eso, ambas estaban convencidas por la expresión en su rostro de que ella definitivamente iba a intentar algo.

Ya fuera que escuchara sus intentos de detenerla o no, Siasha giró sobre sus talones y se dirigió a la salida del gremio. Ni siquiera sabía dónde encontrarlos, así que Zig no tenía idea de adónde iba.

“Un sacrificio necesario, ¿eh?”, dijo Zig.

“¡¿Por qué demonios estás ahí parado sin hacer nada, bruto de mercenario?! ¡Ugh! ¡Por favor, te lo ruego! ¡Ve a detenerla!”

Sian prácticamente trepó sobre el escritorio para agarrar a Zig del cuello e intentar meterle algo de sentido. Por desgracia, debido a la diferencia en sus físicos, lo único que consiguió fue rebotar ella misma arriba y abajo.

“Yo también pido lo mismo, señor Zig. Sería una pesadilla administrativa si llegaran a morir mientras aún tenemos varias solicitudes pendientes.”

“¡¿A-Aoi?!”

Sian empezó a armar un escándalo por el comentario tan frío de su colega, pero Aoi mantuvo los ojos fijos en Zig, con la expresión intacta.

Bueno, era lo que era. No es que hubiera planeado dejar que ella lo llevara hasta el final. Matar abiertamente a otros aventureros sin duda echaría a perder su carrera. Había que llegar a un punto medio. Esta vez lo que necesitaba salvar era el bienestar emocional de Siasha, no su reputación.

“Me aseguraré de que el asunto se resuelva de forma limpia si no les importa compartir sus nombres y el clan al que pertenecen.”

Los miró como diciendo: Eso debería ser aceptable, ¿verdad?

“Pese a sus acciones, siguen siendo aventureros,” respondió Aoi de inmediato. “Si revelar esta información va a salvar sus vidas, supongo que no tenemos otra opción.”

Le entregó una lista de nombres con tanta rapidez que era como si hubiera estado esperando que él lo pidiera desde el principio.

“Maldición. Supongo que las recepcionistas profesionales de verdad están hechas de otra pasta.” Su tono tenía como un 80% de cumplido y un 20% de consternación.

Aun así, Aoi negó con la cabeza. “Esperaba que fueras el primero en actuar. Nunca imaginé que la señorita Siasha se molestaría tanto.”

“La princesita tiene un gran temperamento. Ten cuidado, ¿ok?” Casi sonaba como si Zig se estuviera dando un consejo a sí mismo al darse la vuelta para irse.



Apenas salió del gremio, barrió la zona con la mirada. No había pasado mucho desde que Siasha se fue furiosa, pero no lograba distinguirla entre la multitud.

Una vez que Zig tuvo una idea aproximada de la dirección en la que ella se había ido, empezó a caminar a grandes zancadas. No tardó demasiado en verla, con su largo cabello negro rebotando tras de ella.

La diferencia en sus pasos y el hecho de que ella caminara despacio contribuyeron a que pudiera alcanzarla con rapidez. Aceleró el paso para acortar la distancia y, una vez estuvo a su lado, redujo la velocidad para adaptarse a la de ella. Ya había aprendido el ritmo de sus pasos.

Cuando recién había empezado como su guardaespaldas, le resultaba difícil mantenerse junto a ella. Zig siempre viajaba con otros mercenarios, así que solo había caminado al lado de una mujer un par de veces. Por la gran diferencia en el largo de sus piernas y la velocidad de sus pasos, tenía que volverse continuamente para asegurarse de que no se quedaran atrás.

Ahora, podía acompasarse sin mirar. No llevaba mucho tiempo con ella, pero el tiempo compartido había sido significativo.

“¿A dónde vas si ni siquiera sabes el destino?”

“Siempre te tuve a ti para mostrarme el camino.”

Ella mantuvo la vista al frente y ni se molestó en mirarlo. Sonaba más calmada, pero aún no había soltado toda su ira. Él podía notarlo en el pisoteo de sus pasos.

“Hey, Zig.”

“¿Sí?”

Sus pasos se suavizaron, como si de pronto estuviera ansiosa por el camino que recorría. “¿Ser diferente a los humanos es realmente tan imperdonable?”

Incluso de perfil, Zig pudo ver que su expresión carecía de la inocencia habitual.

“¿No es absurdo? Me trataron como una molestia durante tanto tiempo, y aquí estoy ahora, una bruja, siendo aceptada como normal. Mientras tanto, los semihumanos son oprimidos solo por lucir un poco distintos. ¿Qué los hace tan intolerables?”

La posición de Siasha en la sociedad había cambiado drásticamente desde que llegó a este continente. En lugar de ser una bruja despreciada y temida, ahora era vista como una aventurera humana— y además una estrella en ascenso. Pero lo que había presenciado hoy le recordó a su antiguo yo.

¿Estaba bien mirar hacia otro lado, desestimando la situación como si fuera problema de otros porque ya no se aplicaba a ella? ¿O era mejor simpatizar con ellos e intentar echar una mano porque comprendía su dolor? Estaba dividida entre esas dos opciones.

“Eso es estúpido.”

“¿Qué?”

La voz de Zig cortó sin piedad la confusión interna de ella y la desechó. “Es una pregunta estúpida, Siasha. No podemos elegir el momento, el país o la especie en la que nacimos. Eso aplica tanto para ti como para mí. Nada cambia cuando guardas rencor o te quejas de algo sobre lo que no puedes hacer nada.”

Zig no podía permitirse perderse en esos pensamientos, pero no se arrepentía.

“¿Qué va a cambiar si obtienes una respuesta a esa pregunta? ¿Si descubres la esencia de la humanidad? Nada, eso es lo que cambiará. Así que no tiene sentido preguntar en primer lugar.”

Ese era el camino que él había elegido.

“No importa cuánto te desagrade lo que está pasando en el mundo, no va a cambiar para coincidir con tus preferencias. Lo único que puedes hacer es cambiarte a ti misma. La otra opción es darle la espalda a todo y vivir sola… tal como solías hacerlo.”

Él había forjado su propio camino de manera voluntaria, sin quejarse de las circunstancias que le hacían imposible depender de alguien más.

“Pero ya tomaste tu decisión, ¿no es así? La decisión de cambiar. Entonces, ¿qué hay que dudar?”

Él recordó cuando se conocieron — no había mostrado simpatía ni compasión por sus lamentos. Si ella solo hubiera estado esperando ayuda, él simplemente se habría marchado desde el principio. Ella había sido quien lo detuvo, impidiéndole irse cuando él había perdido las ganas de terminar su pelea.

“Puede que yo haya sido el que te trajo aquí, pero fuiste tú quien tomó la decisión de venir, Siasha. Fue tu decisión.”

Cualquier ventaja u obligación que encontrara de ahora en adelante sería solo de ella.

“Vive como quieras. Si haces enemigos como resultado, ¿y qué? Así es la vida. No necesitas preocuparte. Yo estaré aquí para asegurarme de que no te excedas.”

Zig no defendía crear enemigos sin razón. Sin embargo, tener miedo de actuar por temor a hacerlos era inútil. Lo importante era identificar adversarios cuando fuera necesario y enfrentarlos. Él evitaría que ella se descontrolara y la amonestaría cuando actuara por impulso, pero siempre respetaba sus decisiones.

Siasha no dijo nada en respuesta. Mientras permanecía en silencio, Zig agitó una hoja de papel frente a ella.

“Así que, señorita clienta. Aquí están los nombres de aquellos que desean obstruir tu camino. ¿Qué quieres hacer?”

El mercenario le preguntó como siempre lo hacía, porque era su trabajo protegerla.

¡Hee hee… Hee hee hee! ¡Ah ha ha ha!

Siasha comenzó a reír. A diferencia de antes, esta vez surgía de lo más profundo de su interior.

“Vamos, mercenario mío. Que ellos mismos vean lo que ocurre si se interponen en mi camino.”

“Como desees.”

Sus pasos vacilantes de antes habían desaparecido por completo. Ahora eran firmes y triunfantes.

Los dos partieron a investigar el bastión de sus pobres víctimas — para eliminar las barreras que se interponían en su camino.

✦✦✦

Zig había reprendido a Siasha después de que ella cayera en la desdicha por confundir su pasado con la opresión que sufrían los semihumanos. Ahora había recuperado la compostura. En realidad, sería más correcto decir que se había recuperado por completo.

“Puede que haya cometido un pequeño error de cálculo…”

La animé demasiado. Un ligero dejo de melancolía habría sido perfecto, pensó Zig mientras observaba la taberna sumida en el caos. En el centro de la tormenta estaba Siasha, desatada.

Bueno. Muy tarde para lamentarse.



Habían ido a una taberna en las afueras de la ciudad para investigar el paradero de los hombres. La lista que Aoi les había dado no tenía ningún detalle sobre la ubicación de la casa de su clan. Eso habría sido ir demasiado lejos. Lo único que les había proporcionado era información sobre los miembros de un clan conocido como “Vardia”.

“Primero necesitamos reunir más información sobre ellos,” le dijo Zig a Siasha.

Él se dirigió solo a la taberna y avanzó hasta el mostrador. El local preferido de los miembros de Vardia no era un sitio agradable en lo absoluto, incluso si era frecuentado por aventureros. Era pésimo tanto en calidad como en nivel: el licor barato parecía pálido, como si lo hubieran mezclado con agua. Sin embargo, Zig se sentía cómodo en lugares como ese.

“Ponme dos cervezas,” le dijo al tabernero, mientras escaneaba el lugar en busca de un aventurero que pareciera dispuesto a hablar. La calidad de los clientes solía ser tan mala como la del establecimiento, así que tener la lengua suelta era de lo más común. Solo hacía falta invitarles un trago para que soltaran sin problema detalles sobre personas por las que no sentían ningún aprecio.

Sin embargo, algo inesperado sucedió justo en el momento en que tomó el licor tibio y se dirigió hacia el hombre que había elegido como blanco.

“¿Nos descubrieron?”

Los ojos de Zig brillaron cuando un olor penetrante le golpeó las fosas nasales. Rápidamente echó un vistazo por la taberna, pero no pudo ver a nadie actuando de forma sospechosa ni como si estuviera usando magia.

Sus dudas fueron interrumpidas por un fuerte estruendo.

Un hombre de cabellera roja, peinada en forma de cresta de gallo, se desplomó dentro de la taberna, destrozando la puerta en el proceso. Rodó hasta estrellarse contra el mostrador.

“¡¿E-estás bien?!”

“¡¿Qué demonios pasó?!”

Otros aventureros, presumiblemente amigos suyos, se levantaron de inmediato para ayudarlo, pero él estaba desplomado, completamente inconsciente. Su rostro manchado de sangre, tan roja como su peinado en forma de cresta.

“Te encontré.”

Los corazones de los aventureros se les atoraron en la garganta. La voz era tan hermosa como aterradoramente escalofriante.

Zig le había pedido a Siasha que esperara afuera, sabiendo que con solo poner un pie en un lugar como ese terminaría metida en algún problema. Considerando su apariencia, dudaba que algún hombre quisiera responder preguntas si ella estaba cerca. Esa había sido su lógica, pero terminó siendo un error de su parte.

Todos los presentes en la taberna apartaron la mirada del hombre tirado en el suelo hacia la entrada… donde Siasha estaba de pie.

Ella caminó lentamente hacia dentro de la taberna, con el brazo derecho cubierto por un brazo de tierra tan enorme que rozaba el suelo.

Witch and Mercenary Volumen 3

El tipo en el suelo debía haberse topado con ella. Siasha había revisado la información de la lista y reconoció de inmediato la apariencia distintiva de uno de los hombres que se había cruzado en su camino. Mala suerte para él.

“Bueno, supongo que eso facilita las cosas,” suspiró Zig mientras se bebía de un trago el alcohol que ya no iba a necesitar. Era tan flojo como la orina.

“¡T-tú, perra estúpida!¡Tienes agallas para matar a nuestro compañero!”

Pero Siasha no estaba de acuerdo. El hombre no estaba muerto. Solo tenía la cara un poco más plana ahora.

“¡Atrápenla, chicos!”

Así que, sus amigos también estaban aquí. Bueno, eso era conveniente. Tener múltiples fuentes de información nunca está de más.

Eso era lo que Zig estaba pensando, hasta que miró a su alrededor y se dio cuenta de que cerca de veinte hombres habían respondido al llamado a las armas.

“Okay, eso ya es demasiado...”

El número estaba tan por encima de lo que había esperado que Zig no pudo evitar reírse de sí mismo. Al parecer, la mayoría de la gente en esa taberna tenía conexiones con el Clan Vardia. No era solo un lugar para beber; era su territorio.

“¡Ay de mí, ay de mí!! Hoy es mi día de suerte.”

La sonrisa de Siasha brillaba. No solo se había topado con el objeto de su ira, sino que además le habían dado la oportunidad de desatar sus frustraciones en muchos blancos a la vez.

“¡Apunten a cualquier parte menos a su cara! ¡Es un bombón, quiero saborearla cuando estemos—!”

El hombre no tuvo oportunidad de terminar su frase antes de desplomarse en el suelo, tras recibir un jarro vacío directamente en la cabeza. Aunque cayó fácilmente, Zig tuvo que admitir que le impresionaba el descaro de un hombre capaz de sentir excitación sexual frente a un rostro tan aterrador.

“¡Maldición! ¡Tiene un amigo con ella! ¡Pero tenemos la ventaja, muchachos! ¡Acaben con los dos!”

Así fue como terminaron con Siasha desatada en medio del bar.



“Ungggh!”

Ella parecía una completa amateur mientras echaba dramáticamente el brazo hacia atrás y se preparaba para lanzar un puñetazo, pero el tamaño del brazo de tierra que siguió a su puño no debía subestimarse. Aquellos que se acercaban descuidadamente pensando que podían enfrentarse a una usuaria de magia salían volando de forma casi cómica.

“¡No te pongas tan arrogante, perra!”

Aun así, el combate cuerpo a cuerpo no era realmente lo de Siasha. Uno de los hombres logró colarse por la apertura que dejaba el brazo gigante y estaba a punto de golpearla, cuando—

“Lo siento, señor. Puede mirar, pero no tocar.”

“Nghhh! ¡Maldito seas!”

Zig le sujetó el puño al hombre, impidiéndole que hiciera contacto. El sujeto intentó sacudírselo de encima, pero su mano estaba atrapada como si estuviera en un tornillo de banco. Aunque, de hecho, Siasha quizá habría podido defenderse sin que él interviniera.

Zig lo soltó justo en el momento en que el hombre intentó zafarse, provocando que perdiera el equilibrio y cayera de espaldas al suelo. Entonces Zig le dio una fuerte patada en el estómago desprotegido. Al sentir el impacto, el hombre arqueó la espalda y sus músculos abdominales se aflojaron, haciéndole escupir ácido gástrico antes de desplomarse hecho un ovillo.

“¡Bastardo!”

Uno de los amigos del hombre lanzó un puñetazo contra Zig con un rugido de furia. Todos esos hombres estaban desarmados — habían estado tomando en su día libre. Por esa razón, aquello se había convertido en una pelea de taberna y no en un combate a muerte. No es que Zig tuviera la intención de matarlos, de todas formas.

“¡Toma eso!”, gritó uno.

“¡Gaaaah!”, chilló otro.

Zig lanzó una mirada a Siasha. Era un poco preocupante ver los ángulos tan grotescos en los que quedaban doblados los brazos y piernas de los hombres cuando ella los mandaba volando con sus ataques.

“¡¿Así que ya ni siquiera estás prestando atención, eh?!”

“Observar a mi compañera también es parte del trabajo,” dijo Zig.

Su oponente, que parecía tener experiencia en artes marciales cuerpo a cuerpo, acortó la distancia e intentó un uno-dos.

Zig bloqueó el jab con el brazo izquierdo y luego desvió el derechazo con la parte trasera del mismo brazo. Acto seguido lanzó una patada alta con la izquierda, y el hombre levantó su brazo derecho para proteger la cabeza. Sin embargo, aquella patada ascendente era solo una finta; el mercenario cambió la trayectoria y golpeó la pierna del hombre.

“¡Gah!”

La patada baja de Zig entró en diagonal, barriendo las piernas del oponente que estaba concentrado en proteger la parte superior del cuerpo. Zig siguió avanzando, trasladando su peso a la pierna izquierda con la que había pateado. Se lanzó hacia adelante, agarró la cabeza del hombre caído y la estampó contra la barra. Luego lo arrastró por encima del mostrador, esparciendo licor y comida por todas partes, antes de lanzarlo contra otro tipo.

“Por qué... tú... ¡Aaaah!

“Ustedes saben que van a tener que pagar la cuenta por todo esto, ¿verdad?”, dijo Zig, arrojando una mesa cualquiera. Esta impactó de lleno en la cara de un hombre, dejándolo inconsciente.

Enfurecidos por su amigo caído, otros dos hombres sacaron cuchillos de sus cinturas. Uno de ellos echó el brazo hacia atrás para lanzárselo a Zig, pero antes de que pudiera arrojarlo, un destello plateado golpeó el brazo que lo sostenía.

“¡Ow! ¿Qué demonios?!”

Zig se había movido en cuanto vio que el hombre buscaba en su cintura, sacando una moneda de antemano y lanzándola contra su mano. El impacto le arrancó la uña de cuajo. Como consecuencia, el cuchillo se le cayó mientras se retorcía de dolor.

En ese breve lapso, Zig acortó la distancia y le dio un rodillazo en la mandíbula al hombre, sacándolo de la pelea. Desvió el cuchillo del otro agarrando una botella de licor. Se escuchó un chillido agudo cuando el vidrio y el metal chocaron.

“Bebe hasta caer.”

Antes de que el hombre pudiera siquiera reaccionar, Zig le estrelló la botella en la cabeza. Esta se hizo añicos al impacto, liberando una lluvia de licor burdeos y un aroma rico y suave.

“¿Eso es todo lo que tienes?”, se burló.

Se giró para ver cómo le iba a Siasha antes de pasar al siguiente oponente, pero su mirada se topó con una escena horrible.

“¡S-suéltame! ¡D-d-déjame! ¡A-ayuda…!”

Dos hombres estaban siendo sostenidos por los brazos de tierra de Siasha, derecho e izquierdo, y eran azotados contra el suelo, uno tras otro. Desesperados, gritaban a Zig para que los salvara. Detrás de ellos, una fila de cinco hombres inmóviles tenía la cabeza incrustada en la pared. Incluso había hombres cuyos torsos inferiores de alguna manera habían quedado atascados en el techo. Ahora colgaban boca abajo, balanceándose débilmente de un lado a otro, sin mencionar todos los demás cuerpos esparcidos por el suelo.

“Recolectar información sí que es divertido, ¿verdad, Zig?”

La sonrisa que iluminaba el rostro ensangrentado de Siasha era verdaderamente macabra.

Witch and Mercenary Volumen 3

Aunque ambos se habían estado conteniendo, Siasha había derrotado a quince hombres en el tiempo que a Zig le tomó derribar a cinco. No esperaba menos de una bruja.

“Sí.”

La escena era tan espeluznante que no tuvo fuerzas para decirle que, para él, todo esto no era más que trabajo. Como respuesta, ella soltó una carcajada y continuó con su masacre, deteniéndose solo de mala gana cuando los hombres que estaba golpeando empezaron a quedarse en silencio.



Esa tarde, Zig y Siasha llegaron a la casa del Clan Vardia. Su base estaba ubicada lejos de las zonas residenciales y de las calles principales, quizá por falta de fondos.

“Eran muy habladores, ¿no?”

“Podrías decir que sí.”

Siasha tenía razón; los hombres de la taberna habían estado muy dispuestos a soltar información sobre el Clan Vardia. Eran solo aventureros mediocres que rozaban la categoría de matones, así que no era sorprendente que vendieran a sus compañeros para salvarse la piel… pero lo cierto es que la conversación probablemente fluyó tan bien gracias a que Siasha había hecho un excelente trabajo “ablandándolos”.

“¡Supongo que la carne y los humanos de verdad se vuelven tiernos si los golpeas lo suficiente!”

“¿Dónde escuchaste eso?”

“Estaba en uno de mis libros.”

“Ya veo.”

Zig básicamente había dejado que Siasha hiciera lo que quisiera, pero quizá debería haber sido más selectivo con los libros que le daba. Aunque ya era tarde para preocuparse por eso.

Habían averiguado que el Clan Vardia era un grupo mediocre, compuesto principalmente por miembros que se encontraban entre la Octava y la Sexta Clase. Tenían poco más de treinta integrantes, lo que se consideraba un número grande.

No eran conocidos por su buen comportamiento y a menudo se los veía monopolizando terrenos de caza o robando presas. Se decía que muchas tiendas les habían prohibido la entrada debido a su actitud arrogante y su comportamiento violento. Tenían una mala reputación entre sus pares y eran básicamente personas non gratas dondequiera que fueran.

También odiaban a los semihumanos. Como los semihumanos tenían grandes habilidades físicas además de sus cinco sentidos mejorados, muchos de ellos eran aventureros competentes. En consecuencia, los aventureros humanos de baja calidad tendían a resentirse con ellos. Pero eso no era algo único del Clan Vardia; varios otros compartían la misma postura.

La verdadera preocupación era que, últimamente, algunos de los miembros más antiguos estaban relacionándose con gente turbia y comportándose de una manera que en el pasado habría sido impensable. Se decía que se habían metido con drogas sospechosas, pero cuando intentaron llevarse una parte del pastel para ellos solos, les habían dado un manotazo. Los hombres de la taberna no habían estado directamente involucrados en esos tratos, pero habían escuchado los rumores.

A partir de ahí, aparentemente habían sido coaccionados para participar en el sabotaje contra Zig y Siasha por pura autopreservación. Tipos de poca monta como ellos normalmente ponían su propia supervivencia por delante, así que no eran lo bastante audaces como para arriesgarse a atraer la ira del gremio resistiéndose a las órdenes. Aun así, era un hecho innegable que habían participado en el acoso hacia Siasha, por lo que no había razón para sentir lástima por ellos.

Dentro de la casa del clan había un alboroto lo bastante grande como para que Zig y Siasha lo escucharan desde su posición afuera.

“¡Bueno, empecemos la fiesta!”

En el instante en que Zig se preguntaba cómo irrumpir en la fortaleza enemiga, Siasha invocó su gigantesco brazo de tierra y lo clavó en la pared como si estuviera forzando la apertura de unas puertas dobles.

✦✦✦

“Oye, jefe. ¿No estaremos forzando un poco los límites esta vez?”

Los miembros del Clan Vardia estaban sentados alrededor de una mesa en el primer piso de su casa, armando un gran escándalo.

El diseño podía parecerse al de la casa del Clan Wadatsumi, pero la habitación estaba llena de alcohol, polvo y humo. Se veía mucho más cutre en comparación. Botellas vacías rodaban por el suelo, mientras que pilas de bolsas de basura en la esquina parecían llevar ahí quién sabe cuánto tiempo, infestadas de insectos.

Esos hombres eran la encarnación de unos aventureros sucios y brutales. No es que su clan fuera particularmente sucio, sino que así vivían muchos de esos aventureros.

Estaban dirigiendo sus preguntas a un hombre de mediana edad, un poco más grande que el resto de ellos.

“¿No tienen vínculos con el Clan Wadatsumi?”

“¿Eh? No te preocupes. No estamos haciendo nada malo. Solo estamos mostrándole a unos novatos que no se crean demasiado importantes.”

“¿Y ahora qué?”

“Bueno, tenemos que traerlos para acá y darles una lección. Una de ellas es mujer, ¿verdad? Podemos divertirnos con ella.”

La sonrisa del jefe fue seguida por risas resonantes. Si hubieran estado pensando con claridad, se habrían dado cuenta de que el gremio no era una organización tan amable y gentil, pero en algún momento, parecían haber perdido el sentido común y dejaron de cuestionar sus creencias.

“¿A quién le importa si Wadatsumi se mete en esto? Esos dos ni siquiera son parte de su clan. Son como forasteros.”

“Tienes… un buen punto…”

Las pupilas dilatadas de sus ojos se movían de un lado a otro sobre los pómulos hundidos de sus caras sudorosas. Al final, eran unos adictos típicos, tan atrapados en sueños que se negaban a enfrentar las incomodidades de la realidad, creyendo que todo les saldría bien.

“¡Si se atreven a hacer algo, les damos vuelta a la tortilla! Siempre odié ese clan por robarse a los mejores novatos, de todos modos.” El hombre, de tez amarillenta, tenía las ojeras marcadas. Sacó una jeringa que contenía un líquido rojo de consistencia extraña y la acarició con cariño. “Con este en nuestro lado, va a ser pan comido, ¿verdad?”

Hubo un cambio notable en los otros hombres al ver la jeringa. Empezaron a alterarse y maldiciones contra el Clan Wadatsumi salían de sus bocas como si tuvieran sed de sangre.

“¡Eso es! ¡Nunca nos cayeron bien!”

“¡Vamos a acabar con todos ellos! ¡Va a ser una matanza!”

“¿Una matanza? ¡Qué idea tan maravillosa!”

Un repentino silencio cayó sobre ellos, provocado por una voz que resonó con claridad sobrenatural en medio del bullicio. Pero el silencio no duró mucho, ya que un ruido aún más extraño los sumió en el pánico. Era como si la casa del clan se hubiera rasgado con un crujido ensordecedor, seguido por el viento de la noche entrando a raudales.

El edificio sucio y desordenado tenía más o menos el mismo tamaño y distribución que la casa del Clan Wadatsumi, pero después de las acciones de Siasha, la fachada había sido remodelada de manera significativa. Ahora se extendía como una imagen en un libro desplegable, dejando a las personas dentro completamente atónitas.

“¡¿Aaaah?!”

“¡¿Qué demonios?! ¡¿Es un monstruo?! ¡¿Un terremoto?!”

Algunos hombres cayeron del segundo piso al primero mientras el suelo se rasgaba como una fractura en la tierra. Los gritos resonaron mientras otros eran aplastados por muebles caídos y personas. Al ver la devastación de su casa del clan, parecía que el mundo mismo se estaba acabando.

La escena era el epítome del caos, sin embargo, el grupo responsable del desastre simplemente sonrió, amplia y bellamente.

“¡Oh, wow… ¡Esto parece idéntico a la colmena que vi en un libro el otro día!” Sonaba como una académica encontrándose con los misterios de la vida.

Por un momento, los miembros del Clan Vardia realmente estaban zumbando alrededor como abejas a las que les habían picado el panal. Escaneando los alrededores para juntar las piezas de lo que había sucedido, notaron el brazo de tierra construido mágicamente y a su usuaria, Siasha.

“¡Es esa maldita perra de allá! ¡Tú eres la que está detrás de este numerito, ¿verdad?!”

Los miembros del Clan Vardia escupían de rabia mientras gritaban a Siasha. Ella se mantenía erguida, desafiándolos con sus caras enrojecidas y furiosas.

“¡Exacto!”

Su respuesta fue clara y confiada, sin ni el más mínimo indicio de culpa o vergüenza. De hecho, estaba tan serena que los dejó momentáneamente atónitos por su confesión tan animada.

Luego, un hombre de aspecto familiar en el grupo señaló a Zig y a Siasha y gritó al hombre más grande a su lado.

“¡Es ella, jefe! ¡La aventurera de la que te hablé, la que estaba ayudando a la escoria de los semihumanos!”

¡Vamos! ¡Tienes agallas viniendo directo a nosotros! ¡Nos vamos a divertir mucho saboreando ese cuerpo tuyo antes de desgarrarlo pieza por pieza! ¡Espera a que lo hagamos!”

Zig soltó un ligero encogimiento de hombros ante la retórica descriptiva del hombre.

“¿No eres justo un modelo de clase?”

La amenaza, que apenas recordaba algo que un aventurero diría, reflejaba el tipo de gente turbia con la que habían estado juntándose últimamente.

“¡Y tú! ¡Mírate hablando! ¡Todo músculo y nada de cerebro! ¡Púdrete en el infierno, traidor simpatizante de los semihumanos!”

Parecía que su furia no solo estaba dirigida hacia Siasha, sino también hacia Zig.

“¿Traidor, eh?”, dijo Zig. “No recuerdo haber estado aliado con ustedes.”

“¡No me contestes! ¡¿Cómo demonios puedes, siendo humano, decir eso después de salvar a un subhumano?! ¡¿Te excita que te den las gracias esas bestias sarnosas sin collar?!”

“Oh viejo. La verdad, ya perdí la cuenta de quiénes son las verdaderas bestias por aquí.”

Para Zig, aquellos tipos estaban completamente desprovistos de cualquier rastro de inteligencia humana, gritando y vociferando con los ojos inyectados en sangre y espuma saliendo de sus bocas. ¿Acaso no se daban cuenta de que el veneno que escupían se les estaba devolviendo de lleno?

“Ya sean los Jinsu-Yah o los semihumanos... ¡Siempre aparecen de la nada y nos quitan el trabajo y el espacio donde vivir! ¡No vamos a aguantar esta mierda! ¡Esta ciudad les pertenece a los humanos! ¡Por el orgullo humano, vamos a echarlos a todos y recuperar nuestra ciudad!!”

El resto de los miembros del Clan Vardia tomaron la perorata de su jefe como una señal para desenvainar sus armas. Hicieron movimientos extraños, inyectándose algo en los brazos. Tal vez era una droga para potenciar el combate. Zig había oído que eran ilegales aquí, pero parecía que algunos podían conseguirlas.

“Interesante. Sus acciones eran tan insanas que pensé que había un truco detrás. Resulta que simplemente están locos.”

Por sus mejillas hundidas, cenicientas, y las pupilas dilatadas, parecía que no era un simple consumidor ocasional, fueran drogas comunes o no. Lo mismo pasaba con los demás. Aquellas drogas claramente habían dejado una gran marca en sus cuerpos. Como los aventureros tenían constituciones fuertes, sus cuerpos podían resistir más castigo que una persona normal, pero, a juzgar por el estado en el que estaban, esos hombres ya habían sobrepasado sus límites. No les quedaba mucho tiempo de vida.

Probablemente era el tipo de droga que te daba una sensación de euforia y omnipotencia. Sus bocas se torcían en muecas que harían avergonzar a las bestias más feroces, y sus ojos —carentes de razón— se clavaron en Siasha.

“¡Mátenla!”

Los aventureros del Clan Vardia se lanzaron al ataque tras la orden.

Su velocidad superaba con creces sus habilidades naturales. Sus cuerpos protestaban y la carne se les desgarraba en las piernas — el precio de superar sus límites físicos normales. Pero sus laceraciones se cerraban al instante mientras sus músculos se hinchaban y abultaban, y el dolor ya no parecía alcanzarlos.

Las drogas habían llevado sus habilidades físicas más allá de lo que el cuerpo era capaz de soportar, dotándolos de un poder increíble. Se lanzaron contra la bruja con una velocidad que rivalizaba con la de una monstruosidad, aunque habían tenido que sacrificar mucho para obtener esa habilidad.

Pero... eso era todo.

Ese era el alcance del poder que habían obtenido con ese sacrificio. No había ninguna profundidad en quienes pasaban sus días en la ociosidad, sin molestarse en entrenar ni estudiar. La fuerza no podía conseguirse con atajos como el engaño, ni tampoco surgía de la nada. Era algo que solo se alcanzaba con esfuerzo constante, día tras día.

Ellos lo habían olvidado— no, lo habían ignorado deliberadamente.

Por eso no comprendían el significado de enfrentarse cara a cara con un enemigo que había nacido con más fuerza de la que un humano podría soñar jamás, ni lo que implicaba que un hombre que había perfeccionado sus habilidades hasta derrotar a tal enemigo estuviera ahí de pie, observando sin ofrecerle ayuda alguna.

“Qué estupidez tan descarada,” dijo Siasha.

Los hombres la embistieron como bestias. Ella agitó una mano para apartarlos, usando el brazo de tierra que había conjurado para barrerlos. El sonido del viento cortando que hizo el brazo ahogó sus gritos cuando chocaron contra las paredes de la casa del clan con un golpe nauseabundo.

“¡Muereeeee—nghhh!”

El jefe del clan, que había logrado esquivar en el último segundo, se lanzó contra Siasha con su espada larga en mano. Sin embargo, fue golpeado en el estómago por un pilar de piedra que ella había invocado con un corto encantamiento. El ímpetu de su propio ataque combinado con el doloroso golpe en el abdomen lo detuvo en seco.

“Uf, ¡esa estuvo cerca! Casi uso uno puntiagudo por costumbre.”

Si hubiera usado una de sus púas normales, el hombre tendría un agujero en el estómago. Ella creó aún más pilares de piedra, lanzándolo por el aire de cabeza antes de aplastarlo con su brazo de tierra.

“¡Ungh! ¡Aaaaah!”

Su rostro se arrastró por el suelo mientras rodaba como una bola, dejando tras de sí un rastro de sangre.

“¡Maldita sea! ¡Te voy a mataaaar!”

El hombre maldijo furioso mientras se ponía de pie otra vez, escupiendo sangre y dientes rotos de su boca.

“¿Oh? Estás animado, ¿eh? No sabía que los humanos podían ser tan resistentes.”

Siasha estaba ligeramente sorprendida por lo inesperadamente resistentes que eran aquellos aventureros. Incluso los que había estampado contra la pared se estaban levantando de nuevo, aunque con quejidos y lamentos.

Brazos y piernas que habían sido doblados en direcciones opuestas parecían sanar como si el tiempo estuviera retrocediendo. Se estaban recuperando a una velocidad imposible, incluso con el uso de hechizos de regeneración.

Siasha frunció el ceño al ver una magia de recuperación que jamás había visto antes.

“Bueno, no importa. Mejor todavía para desahogarme.”

Ella no cuestionó aquella visión extraña. Si iban a seguir levantándose después de que los tumbara, entonces simplemente tendría que seguir golpeando hasta que no pudieran volver a ponerse en pie.

Los miembros del Clan Vardia, ya recuperados, se lanzaron apresuradamente a atacar a Siasha, pero un muro de tierra los encerró por ambos lados. Los que estaban al frente y atrás lograron escapar gracias a la fuerza de sus piernas mejoradas, pero varios quedaron atrapados dentro, bloqueados por sus propios compañeros.

Sus cuerpos crujían bajo la presión, forcejeando para liberarse, pero fue en vano. Aullaban como bestias mientras su carne era destruida y regenerada al mismo tiempo, abandonados a su suerte por sus amigos que seguían corriendo hacia Siasha.

“¿Tu pueblo? ¿Qué demonios es eso?”, se burló Siasha.

Generó una gran cantidad de proyectiles de piedra —cada uno del tamaño del puño de un adulto— a su alrededor. Ellos intentaban usar la ventaja del número en su ataque en estampida, pero ella había creado una cantidad muchísimo mayor de proyectiles.

Los combatientes en la primera línea resistieron como pudieron con escudos y conjuros defensivos, pero enfrentarse de frente a una bruja era la definición misma de estupidez. Solo pudieron aguantar unos momentos antes de ceder bajo las oleadas de proyectiles creados por la aparentemente inagotable magia de Siasha.

Al darse cuenta de que no podían detener el bombardeo, los atacantes de primera línea se dispersaron, dejando a la retaguardia desprotegida para que aullara de dolor al ser acribillados por los proyectiles de piedra.

Los que aún no habían resultado heridos intentaron lanzarle hechizos de fuego, pero Siasha los bloqueó con su escudo de tierra y luego lo estrelló contra los enemigos cercanos mientras todavía ardía al rojo vivo. Cualquiera que intentara bloquear el golpe a corta distancia veía sus brazos destrozados por el impacto y salía volando, mientras el desagradable olor de carne quemada llenaba el aire.

“¡Voy a matarte, perra!” Usando a sus aliados como escudo, el jefe del Clan Vardia consiguió llegar hasta Siasha. Blandió su espada contra ella, pero ella extendió su brazo izquierdo en la trayectoria.

“¿Orgullo humano? ¡No me hagas reír!”, dijo ella.

Su espada chocó contra una barrera de roca que ella había creado para proteger su brazo izquierdo extendido. La espada larga que él blandía estaba cubierta de hielo y era algún tipo de ítem mágico. Emitía aire frío y centelleaba mientras intentaba desgastar la roca. Sin embargo, no logró hacer un daño significativo, apenas consiguió congelar la superficie.

Detrás de ella, los combatientes de primera línea, ya recuperados, trataron de lanzarse otra vez para aprovechar aquella oportunidad dorada.

“¡Ni siquiera valen como cena para un perro!”, rugió Siasha mientras contenía la espada con su brazo izquierdo y al mismo tiempo balanceaba el brazo de tierra que envolvía el derecho.

El golpe descomunal del brazo gigante impactó no solo contra el jefe del clan frente a ella, sino también contra los hombres que cargaban desde atrás.

Trataron inmediatamente de lanzar hechizos defensivos para protegerse, pero aun así salieron disparados como si fueran papeles al viento. Era como si una carreta desbocada hubiera arrollado todo a su paso: cualquiera que recibiera un golpe directo salía volando, dejando un rastro de sangre y carne a su paso.

Cayeron sobre aquellos que ya estaban atrapados por la magia de Siasha, estrellándose contra la pared uno tras otro, antes de resbalar y desplomarse al suelo como insectos aplastados. Las manchas rojas que dejaron tras de sí hacían difícil saber si aún seguían vivos.

“¿Sentirse orgullosos solo por ser humanos? ¡Qué tontería más absurda! ¿Por qué no enfrentan primero sus propias debilidades antes de atreverse a hablar de cosas tan triviales?”

Con las manos en la cintura, Siasha miraba por encima del hombro —literal y figuradamente— a los aventureros caídos frente a ella. Gemían y se retorcían, su regeneración incapaz de seguir el ritmo de las incontables veces que su carne y huesos habían sido destrozados.

Aunque pudieran curarse, varios ya habían perdido por completo la voluntad de pelear tras presenciar la abrumadora demostración de poder de Siasha. Aunque no sintieran dolor, aunque no sintieran miedo, la diferencia en la pelea era tan descomunal que bastaba para recordarles esas sensaciones.

Era una escena tan horrible que resultaba milagroso que no hubiera muertos. Los aventureros del Clan Vardia estaban aterrados por lo que acababan de presenciar de una sola mujer en tan poco tiempo.

“E-eres un monstruo…”

Empapado en sangre, el jefe del clan cayó de rodillas al suelo.

“No me importa a quién persigan ni a quién opriman. Hagan lo que quieran. Sin embargo—” dijo Siasha, cortando sus propias palabras mientras plantaba ambas manos contra el suelo, canalizando su ira hacia la tierra con la maestría con la que la controlaba gracias a su maná. “Sean humanos o semihumanos, ¡cualquiera que bloquee mi camino es mi enemigo! ¡Destruiré a quien se atreva a interponerse en mi camino!”

Hirviendo de rabia, alzó las manos y luego las volteó.

“¿Huh…?”

El suelo comenzó a temblar, devolviendo a los hombres a la realidad. Lo que veían era tan increíble que los arrancó de la euforia de sus drogas.

El edificio al que llamaban hogar estaba elevándose por los aires. La casa del clan no era precisamente pequeña, pero flotaba como si la hubiera lanzado la misma tierra.

Con la facilidad de una mesa siendo volcada, la casa se dio vuelta hasta quedar con el techo hacia abajo. Parecía una mala broma, o un sueño imposible de entender. Tras un instante de silencio, la casa del clan cayó desde el cielo y se estrelló contra el suelo con un estruendo brutal. Los restos resultantes parecían como si hubieran sido aplastados por una bestia gigantesca.

Vieron cómo incluso las partes que habían quedado intactas empezaban a colapsar, incapaces de soportar el peso del impacto. Finalmente, los pilares que quedaban crujieron y se partieron, dejando la casa destruida hasta quedar irreconocible.

Un silencio se extendió en el aire.

Los miembros del Clan Vardia estaban atónitos. Siasha y Zig ya no tendrían que preocuparse más por ellos. No había posibilidad de que intentaran nada de nuevo después de presenciar una diferencia de poder tan abismal. Si hubieran tenido esa tenacidad, ya habrían triunfado como aventureros desde el inicio.

“Hmm,” murmuró Zig desde un costado, asintiendo después de observar todo lo ocurrido.

Podría parecer que había sabido todo el tiempo lo que iba a pasar, pero en realidad estaba sin palabras porque jamás había imaginado que ella llegaría a tales extremos. Sus verdaderos sentimientos solo se delataban en las gotas de sudor que le resbalaban por la frente.

“¡¡Ahhh!! ¡¡Ahora sí que me siento mucho mejor!!”

Liberada ya de su frustración, Siasha estiró los brazos con una sonrisa satisfecha. Primero habían sido las recompensas, y luego esos idiotas que se interpusieron en su camino. Era obvio que su tolerancia a que bloquearan sus ambiciones era peligrosamente baja.

“Destruir a cualquiera que se cruce en tu camino, ¿eh?”

Era algo simple en el mejor de los casos, y miope en el peor. Dependiendo de cómo lo mirara Zig, no parecía que hubiera cambiado tanto de antes.

Pero para ella, había una diferencia enorme. El contraste entre el pasado, cuando no tenía más opción que actuar de cierta manera, y el presente, en que lo hacía por decisión propia —aunque los métodos fueran los mismos— era como la noche y el día. Elegir con libertad. Como concepto sonaba sencillo, pero en el mundo en el que vivían era algo difícil de lograr.

“¿Dijiste algo, Zig?”

Zig miró sus ojos azules.

“No, nada en absoluto. De todos modos, vamos a casa.”

“¡Okaaay!”

Al final, él sería el único dispuesto a ayudarla.



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